jueves, 30 de junio de 2016

SULTÁN
Esperanza se dio cuenta el lunes que Sultán no había llegado a la casa la noche anterior como de costumbre; no había ladrado en la madrugada, tampoco había asomado su hocico a la cocina, ni le había movido la cola a nadie, no sabían en dónde estaba. Que ese día no apareciera en toda la mañana ya era una sorpresa para ella.
―¡Sultán! ―grito Esperanza varias veces, pero nadie respondió a su llamado― este perro loco en dónde se habrá metido.
            El martes tampoco se sintió rastro alguno, ni de Sultán ni de su dueño, aunque de Elso ‹‹el amo del perro›› poco se preocupaban. Mantenía siempre fuera de su casa, trabajaba como peón en fincas cercanas; a veces llegaba borracho, incluso en ocasiones no llegaba. Era su vida y a los vecinos eso no les incomodaba. Por eso Sultán se volvió uno más en las casas del “Motilón”, la vereda de diez familias que luchaban contra la soledad, el tiempo y el abandono estatal, replegados en el campo a la merced de lo que podía ofrecer la tierra. Sultán siempre fue amable y cariñoso con los vecinos, quizás por eso en su caridad, le garantizaban siempre un plato de sopa y arroz, en una u otra casa, la comida siempre estaba segura.
—Buenos días, don Marcial.
—Buenos días señora Esperanza, ¿sigue preocupada por el perro?
—No ha venido a comer, me parece raro. —Buscó con su mirada la casa de Elso esperando encontrar el rastro del perro— ya ha de aparecer, que liebre andará siguiendo; ¿me puede vender unos tomates?
—Claro doña a Esperanza. No se preocupe, el Sultán ya ha de aparecer.
El miércoles apareció, llegó caminando, acezando, sus ojos dispersos, con hambre, fatigado, parecía no haber dormido bien. Movió la cola saludando a todos, buscando que alguien le mitigue el hambre, con afán. Ladró un par de veces y luego metió su boca en el plato; comió apresurado una sopa guardada del día anterior.
―¿Dónde estabas? perro, detrás de qué animal andas ―Dijo la doña, hablándole al Sultán mientras comía― ¡mira como tienes ese hocico! ¡Qué te habrás tragado!
Sultán devoró la comida en segundos, levantó la mirada, como esperando algo más. Cuando sintió que no había otro bocado, salió con afán y se paró frente a la casa de su dueño. Descansó un rato, durmió un sueño atrasado. Desde las otras casas, todos miraban al perro, tranquilos de que apareció.
―Volvió el perro, doña Esperanza ―se escuchaban los gritos desde la distancia de las otras casas, contentos porque nada le había pasado.
La señora sonrió, miró al perro echado en la casa de su vecino y se despreocupó. Más tarde cuando se acordó otra vez de Sultán, quiso encontrarlo echado en el andén, pero no estaba; otra vez había salido sin comer, con afán. El perro andaba raro.
Aunque el viejo Elso prolongaba sus ausencias, siempre aparecía. A pesar de la indiferencia que él tenía con sus vecinos, ellos se preocuparon. Sultán volvió en la noche por comida y se desapareció. Al día siguiente estuvo perdido todo el día, el viernes en la tarde regresó por alimentos, lo notaron agotado.
―Marcial, hace días que no veo a don Elso, ¿le pasaría algo? ―dijo don Jacinto― no se había perdido tanto tiempo.
―Es cierto, y el perro anda todo raro, se desaparece por días. Hoy parecía bastante débil. ¿Por qué no lo seguimos? ―insinúo Marcial― y de paso salimos de duda.
―Sí señor, esté pendiente, cuando el perrito llegue a comer, me llama y nos vamos detrás.
Sultán llegó al mediodía del domingo; comió, descansó un poco y nuevamente salió caminando entre los matorrales. Los dos hombres lo siguieron; con cuidado, paso a paso, caminaron por el rastro que dejaba el perro, por un momento pensaron que lo habían perdido. Habían caminado cerca de una hora y pararon porque no sabían para dónde seguir. A lo lejos escucharon ladrar al animal.
―Ahí está ―gritó Marcial― ¡corramos!
Siguieron los ladridos de Sultán, se escuchaba el gruñir del perro, era un aullido desesperado, que desgarraba su garganta, como si estuviera ahuyentando los espantos de la lobreguez. Eran los ladridos de un perro salvaje, desconocido. Cuando Sultán ladraba se escuchaba el aleteo de unos pájaros que desplegaban sus alas rápidamente y volvían a aterrizar en otro lado; el perro continuaba ladrando, descansaba por ratos, cogía fuerzas para volver con sus sonidos de angustia y el aleteo de las aves también volvían a aparecer.
            Cuando los hombres estuvieron cerca, sintieron un hedor en el viento, se detuvieron para taparse con un trapo sus narices; sintieron la cercanía del perro y la lucha que tenía con otros animales; los separaba unos matorrales, un árbol de naranjas, grande, lleno de frutos amarillos que se caían en busca de la muerte cuando maduraban, también había un cerco de caña brava que tapaba la visión desde afuera del lugar.
Cuando se acercaron, el olor fue mucho más fétido, una imagen violenta y pestilente de la muerte apareció ante sus ojos; colgaba en el madero del naranjo un lazo, que templaba sus hilachas, sujetando el cuello de un cadáver, era don Elso, estaba ahorcado; su cuerpo se balanceaba en círculos, de un lado a otro, en un vaivén de silencios, impulsado por los gallinazos que carroñaban la piel, mientras Sultán, en su desespero, intentaba ahuyentar a las aves negras que se comían por pedazos a su dueño. 


viernes, 27 de noviembre de 2015

EL DIABLO EN LA SALA


De repente sentí la necesidad de invocar una fuerza más poderosa que mi corazón para conquistarla, sin saber en qué me metía, mi alma se nubló de resentimientos y dolores ajenos al amor, y lo invoqué. Ayúdame a conquistarla, y déjame quererla, porque sin ella no hay vida en la tierra, ni menos cortejo en la sala, le dije—. Invocando la presencia de ese misterioso poder de inframundo, más soberbio que cualquier sentimiento humano. Me arriesgué a entrar en ese oscurantismo al que dicen todos no se debe molestar. De la nada y sentado en el canapé de mi sala, un diablo de color rojo, con unos cuernos de becerro herido y un rabo moribundo de morueco hediondo, apareció en la mitad de mi casa; un delgado y fino bigote adornaba su cara, que se desfiguraba cuando se reía; sus cejas también finas y pobladas completaban su enigmático rostro; su mirada se transformaba en una irónica imitación de caballero errante; saco, chaleco y corbatín, unos zapatos de charol con un cuero lustroso que daba un brillo mágico a la noche; tenía un bastón negro con una calavera de borrego en la punta que al parecer lo acompañaba en cada paso que daba. Se paró y caminó de un lado a otro dejando entre el polvo de la estera el olor a infierno, un azufre verde y amarillo que se internaba entre mis fosas nasales y respiraban con angustia las palabras mal entonadas que invocaron su presencia.
Mi nombre es Gérico, más conocido como “el diablo”, Lucifer, “Satanás”, “demonio” “Belcebú”, “Mefistófeles”, “Luzbel” o cómo quieras llamarme sentenció en un acento extraño, con palabras pausadas pero que determinaban en su hablar la autoridad del averno de donde venía.
    ¿Por qué me has invocado? Preguntó. Deslizó suavemente su cola entre la silla y dejó caer su capa negra entre el espaldar del asiento, cruzó las piernas, me miró fijamente a los ojos y sonrió.
Parece que sufres un mal que solo se cura con la desgracia, para eso no tengo el remedio; pero dime si me equivoco, ¿por qué has necesitado de mis servicios?
Temblando por mi vida y a sabiendas que tratar con el diablo es quizás una sentencia anticipada, respiré profundo, tomé fuerzas de moribundo y expulsé unas palabras de angustia que destilaban un sabor agrio revuelto con azufre.
    ¿Quieres tomar algo? le dije.
Muy amable de tu parte. ¿Tendrás por casualidad un vino tinto?
Asustado busqué el último sorbete de sidra que permanecía en un totumo viejo, almacenado en la buhardilla, lo serví en la primera jícara que encontré, y temblando de miedo me acerqué y le pasé el recipiente.
Gracias.
Tomó un primer sorbo, lo detuvo en su boca unos segundos y como si hubiera probado las amarguras de mi dolor, hizo un gesto diabólico, enrojeció sus ojos, doblegó sus mejillas, ciñó sus cejas, arrugó su frente y lo escupió en mis pies.
Se necesitan agallas para invocarme, pero más agallas se necesitan para servirme un vino tan horrible. Espero que tu necesidad sea mejor que esa inmundicia que me has servido. 
No sabía qué hacer por la amenaza recibida, dejé que rezongara por el vino y esperé sentado al frente de él, con los codos en mis piernas, las manos sosteniendo mi cara y preocupado por lo que seguía.
Tengo mal de amores, la chola de mi corazón, no hace caso a mis quereres, y aunque mis versos le imploran amor, ella no deja que la corteje, y entre canción y lamento, me dice que no la moleste más, que le deje tranquila y que me olvide para siempre de ella.
Con un gesto de preocupación caminando de lado a lado, su puño aferrado al bastón detrás de la espalda y con la otra mano sostenía su mentón, persuadido por el pensamiento y con cierta preocupación se detuvo.
Será acaso que enamorada está de otro engendro, o eres un esperpento y la doncella de quien hablas no sabe cómo decirlo.
Eran dos opciones que no había considerado, pero que sin duda me habían puesto a pensar detenidamente en ese corazón destinado a amar, pero que no devolvía los ronroneos de cariño que yo le ofrecía a cada instante. La segunda opción me había traumado un poco más. Pero que ¡Diablo tan maniobrero!, dirigía los hilos de mis sentimientos a la fealdad de mi naturaleza; quizás mi cara desgarbada, un poco plana, con los ojos cubiertos por la oscuridad de mis ojeras, mi nariz puntiaguda, unos bigotes lejanos que poco poblaban mi barbilla, tan larga como mi desdicha, y unas cejas pobladas que se unían la una con la otra en contravía con mis ojos que miraban de sospecha a diferentes lados. Sí, era casi tan feo como el Diablo, viéndolo bien, era más feo que el propio Diablo. Pero en amores y en quebrantos no hay belleza más limpia que la del corazón enamorado y para eso yo era el mejor; a favor tenía mis versos, sonetos frágiles que llegaban al corazón del mismo amor, y eran esas palabras que adornaban mis fragmentos las que ilusionaban mi deseo de vivir al lado de mi chola querida, porque sin duda no era admiradora de mi extraviada hermosura, pero mis palabras escritas hacían eco en su corazón, así ella lo negara, o por lo menos eso era lo que pensaba hasta entonces.

La noche transcurría despacio, tranquila y serena, el Diablo era dueño del tiempo y de la oscuridad, buscaba pausadamente y con sutileza cada palabra a decir, sin herir mis quebrantos y sin ofender lo rústico que había en mi rostro, no dejó de hablarme en toda la noche. Finalmente se detuvo y dijo.
Pienso ayudarte, y ver si la chola se enamora de ti, debes prometer algo a cambio: todas las noches en las que dure mi labor, dejarás una copa del mejor vino en la mesa de tu sala, y sin importar lo que escuches, nunca saldrás de tu cuarto a ver qué sucede. Si la curiosidad impide que cumplas el trato, nuestro acuerdo se romperá y tu alma me pertenecerá inmediatamente, además el amor de tus quebrantos jamás volverás a ver.
Era un pedido no muy fácil de cumplir, conociendo quien es el Diablo, de raro no tenía nada que me estuviera jugando una de sus trampas oscuras, donde claramente mi alma estaba en juego. Por otro lado, el respirar agitado de mi corazón decía que era la única opción que tenía para conquistar a la Carmelita de mis amores; el amor me impulsaba al riesgo de la muerte, y mi alma temblaba al saber que por culpa de un sentimiento, al infierno iría a parar. Antes de contestarle me apresuré en su sentencia y le pregunté. “Belcebú”, ¿te has enamorado alguna vez?—. Y sorprendido por tan intrépida consulta, me miró de reojo, sonrío obligado y expulsó en medio de un aliento de desilusión, una respuesta no como la esperaba.
El amor es para los débiles. ¡Y yo no soy de esos!
Pensé que escondía algo en sus sentimientos, porque temblaba de rabia cuando pronunciaba esas palabras.
He tratado de no recordar su nombre, sin alma ha sido el karma de mis amores, aunque no he querido reconocerlo, el ángel que devora mis pesares se llamó “Nina”, la mujer que acompañó durante siglos mi existencia. Pero la eternidad del infierno hace que las almas vaguen entre la nostalgia, que el amor naufrague entre la tristeza y la desilusión del olvido—. ¿Pero déjate de tonterías y dime aceptas mi propuesta?
Sentí cómo el calor del fuego recorría mi sangre, y de colores surcaban mis dudas, sin mayor arrepentimiento, ni culpa, le expresé mis intenciones.
Si te conformas con el buen chapíl mezclado con uvas que germinan en este valle del alto, y que se produce en esta vieja comarca; poco vino tinto que se esfuma entre los pilches y se comparte entre compadres en el carnaval, y te tomas sin remilgar noche tras noche el vaso que te dejaré en la mesa, entonces pondré mis problemas de amoríos en tus manos.

Así fue, el paisano que había invocado mi presencia, un cholo, pastor solitario, harapiento y tristón, aceptó mi trato. Y yo, como buen Diablo tenía el surco en mi azadón, esperando que caiga en mis trampas para robarle de su corazón el alma, y quizás de paso llevarme al infierno también a su doncella, que seguro será alguna cholita, ‹‹paisana de faldas anchas, viejas y coloridas, sin ninguna gracia.

La primera noche en la que el paisano dejó el vino en la mesa de la sala, le dejó también el retrato que el diablo le había pedido, una fotografía de la mujer a la cual tenía que implorar el consuelo de su corazón y convencerla de la buena voluntad de don Ángel, esa sería su tarea. Cuando levantó el pilche lleno de vino espumoso y ferviente, con olor seco, a chapíl destilado entre cañas y azucares amargos, sintió el primer sorbo tan insipiente como aquel del anterior encuentro, miró al lado un retrato sobre  la mesa, lo levantó para observarlo con detalle sin pensar qué encontrarían sus visiones. Ahí estaba, era ella, estática y tranquila, arrogante y dulce su mirada; alumbraba la tierra en el color de su piel, sus mejillas se enrojecían por el viento que la besaba, sus enormes ojos, ¡negros y brillantes!, resplandecían en medio de un blanco transparente que sostenía su mirada; eran unos ojos de contemplación fija y destinada a mirar el amor. Su nariz llevaba la marca sagrada de sus antepasados, gruesa y corta, donde respiraba las mieles de la ternura, el vapor que dejan las aves en las nubes por la migración de su vuelo y el olor a tierra, cuando los goterones levantan su aroma entre el polvo seco.
Su boca deslizaba entre sus pliegues una suave esencia de cerezas rojas, que brotaban como manzanas prohibidas fruto del canto y la semilla, eran unos labios gruesos de un rojo intenso que se enmarcaban en una sonrisa eterna que apenas se le dibujaba; de sus orejas colgaban unas enredaderas, uno tras otro amontonados, pequeños frutos de la tierra que artesanalmente formaban una sarta de semillas convertidos en aretes, y al final de cada uno de estos elementos que adornaban sus orejas, una pluma blanca en cada lado dejaba al descubierto el cuidado de su belleza; sostenía en sus brazos una hermosa guacamaya de colores, plasmaba el encuentro con otras culturas el azul del cielo en sus plumas se entonaban junto al azul del mar, enseguida unas plumas verdes, del verde que ilumina el monte, el rojo fornido de la sangre, el naranja y amarillo en su pecho, la compañía de un morado se confundía con los demás colores, formando en conjunto un retazo de cielo y arcoíris que constituían el colorido del ave y el cueche de sus ilusiones; la guacamaya se conjugaba con la belleza de la mujer, una doncella que llevaba un vestido lleno de matices, en cada hilo trenzado se confundía el lindero de la fantasía y la realidad. La adornaba un sombrero mágico lleno de tejidos indios, donde cada mano nativa dejaba impregnada la huella de un pueblo y la gama de una tierra. La mujer que el diablo observaba en ese retrato, era la belleza en carne viva, era la paciencia y la tranquilidad plasmada en arte.

El diablo quedó sin aliento, y el vino tomó un nuevo color, un nuevo matiz, un nuevo sabor, su textura cambió y fue un sorbo tan placentero que pensó que era el vino de los frutos silvestres pisado por querubines del mismo cielo. Bebió un sorbo y comprendió que esa sensación de paz celestial no estaba en el infierno, y que seguramente al contemplar la belleza de la mujer que poblaba el cerro del alto, estaba encontrando el camino hacia el infinito del afecto. Los serafines del amor habían atravesado sus flechas en la textura de su infernal pecho, y estaba enamorándose de esa mujer ajena, a la cual por obligación tenía que encaminar hacia el destino amoroso de don Ángel, el paisano que de reojo observaba desde su habitación las fariseas gesticulaciones que en el rostro del diablo se destellaban.

Bebí sin parar todo el vino empozado en ese totumo de la tierra, pilche a pilche, sacudí hasta la última gota, hasta que la noche sumergió entre las nubes su agitado páramo y se perdió entre las montañas con un sol crepuscular que iluminó la casa por completo, decidí irme a descansar. Me fui de la sala con esa imagen que me alejaba de la realidad y no me dejaba tranquilo el pensamiento; me acosté pensando en ella, en sus ojos, en sus enormes ojos, en su bonito rostro, en sus delicadas manos que sostenían una hermosa guacamaya de colores. Así seguí reconstruyendo ese retrato único que recogí de la mesa y escondí en el bolsillo de mi chaqueta, hasta que me quedé dormido por completo. De repente me desperté en medio de un sueño, una fantasía no ordinaria, “yo” el propio diablo, deambulaba entre los caminos de tinieblas siguiéndola en el afán de alcanzar su corazón, caminaba entre las piedras y el fango de mis miedos, ella fugaz y ligera se escondía de mí. El desespero se apoderó de mis sentidos. ¿Cuándo “el diablo” estaría metido en problemas de amores?, y más por una campesina de colores que se endiablaba en mis sueños. Ella con sus polleras radiantes, cubierta su cabeza de unos aladares negros y lisos, cabellos tan finos, cercanos al linaje ancestral de Mamá Ocllo; sus trenzas negras entre mares y esperanzas inundaban mi sosiego respirar, que a pesar de mis inmortales poderes era incapaz de alcanzar su huida.
Desperté de golpe y pensando en ella, en ese momento tomé la decisión definitiva. A mi querido amigo don Ángel, tendría que jugarle una partida de traición y conquistar el corazón de la hermosa mujer retratada en ese papel de plata. A las  cartas que mi buen pastor le ha enviado a su amada, les cambiaré el nombre y este intermediario se convertirá en un elegante caballero que desfila por los linderos del afecto, buscando que en el sueño eterno me acompañe para siempre una paisana de colores, en este último intento por dominar las miserias de eso que llaman amor.

Amanecen los días y terminan las tardes, este diablo mentiroso no muestra resultados en lo pactado, en cambio yo sí le he dejado todas las noches el vino más fino que he podido conseguir por estos lugares, al que me había comprometido, aunque a veces mezclado con hojas de anís.
¡Faltaba no más ahora! la chola de mis ilusiones me ha dicho en una carta que no la busque más, un nuevo pretendiente ha enredado sus plegarias, y con cantores lejanos le ha endulzado sus oídos y le ha revoleteado en su pensar. Qué hago, ¡tendrías que ayudarme Lucifer! y explicarme por qué en este tiempo que mi sala huele a azufre, no he tenido respuesta alguna a mis suplicas de amor. ¿Qué ha pasado con las epístolas que le envíe a la Carmela?, esos versos que eran los retazos de mi corazón plasmados en letras, en ellos solo decía cuanto la amaba. Qué has hecho con esos versos tristones que solo han servido para fatigar mi angustia, qué has hecho en este valle de melancolía, con las súplicas de amor que mi fatigado corazón exigían al destino...
Me animé a salir del cuarto, observé que el diablo había entonado su paladar y estaba derrotado en el sofá, tendido de borrachera, como un palomo bajado al carnaval, se había tomado tres totumos de ese vino que despreciaba tanto. Su cólera se enredaba entre la cola y las patas, sus cuernos revelaban en la noche el filo de sus punzadas; roncando con ganas, balbuceaba y entre dormido hablaba. En un sueño profundo manoteaba cualesquier sinsentido de dolores, el amor retumbaba las quimeras del diablo y parecía dolerle tanto como a mí. Despacio caminé sin hacer ningún ruido, parecía que la borrachera dejaba al diablo sin ningún poder, no me sentía caminar. Mis pasos configuraban un deseo, descubrir en qué diablos estaba metido. Quería salir corriendo del miedo, pero sumergido en un sinsabor por descubrir ¿qué hacía el diablo en mi casa todas las noches en un sillón viejo tomando vino, mirando aquel retrato guardado, hablando solo, borrando y tiñendo con nueva tinta las hojas del viento en donde plasmé mis lamentos?
Mientras me acerco, el sobresalto de mi cuerpo ante sus movimientos, deja percibir el miedo que le tengo, pienso también que cualquier ruido iba a despertarlo, pero tan profundo estaba que incluso le pisé la cola y no sintió mis alpargatas gastadas por las andanzas del camino. Cuanto más me acercaba, él en su agonía descansaba entre las tinieblas de un profundo sueño.
En la mesa había un reguero de cartas, todas escritas a mano, con tinta negra. Eran hojas blancas llenas de ilusiones y pensamientos, escritas con la frescura de la sangre que se derrama por el cálamo de las ilusiones. Fantásticas letras como hormiguitas, organizadas una a una, buscando que cada rima cuadre con el tiempo y la desgracia de un amor, formaban trechos infinitos en un destino de malos amores, una a una caminaban esperando al final componer la prosa para la amada, y entre todas esas figuras delirantes, se leía claramente con letras sublimes el destinatario; un nombre raro, proveniente de lo hondo del inframundo, ¡Gérico!
Yo alzaba una y otra carta, no podía creer lo que mis ojos de manchego leían; eran todas las cartas que yo había escrito, una tras otra se habían enviado a la Carmela, todas con mis palabras, pero ninguna tenía mi nombre; era claro, el diablo había cambiado el seudónimo a mis epístolas. Tramposo y mentiroso me resultaba el diablo, un garitero aprovechado de mi noble pensar, dejaba en ruinas las ilusiones de un labrador solitario, cansado de sufrir. Y había más, a un lado estaban otras, las cartas que la Carmela delirante de contenta por las palabras viejas leídas, pero que con un nuevo nombre albergaban una fresca ilusión. Describía entre línea y línea cada noche del maíz que pasaba soñando por su nuevo amor. Me entristecía el alma, saber que ella a mi amor no le daba crédito, se había burlado siempre de mis palabras; me confundía saber que esas mismas letras, transformaban su corazón en la enamorada creciente que siempre quise. Pero era evidente, amaba al diablo, a un ser poderoso que le podía ofrecer algo más que un buen amor; no me quería a mí, un pongo cantor, poeta y olvidado que solo retumba los ecos del corazón de peña en peña, de tulpa en tulpa, con amargos guarapos campesinos. Me consideraba un solitario conquistador y aventurero, enamorado de las cholas y que ni siquiera era un buen trabajador. ¡Así me trataba!
Las cartas lo decían todo, el maldito diablo, animal de monte, culebrero infame, mentiroso por tradición, embustero bandido, me había mentido todo este tiempo, y engañándome con falacias razones, se había enamorado de la Carmela, por lo menos eso hablaban mis cartas que utilizaba con su nombre. Un simple seudónimo cambiaba el curso de mi vida, la rabia se apoderó de mi mente en busca de mi venganza, quise actuar sin sentimientos y descuartizar su sonrisa; las puertas del infierno se abrieron en mi alma, olvidándome del paraíso infinito que sentía al observar la imagen eterna de mi amada. Ellos ahora culpables de la desgracia que se acerca, provocaron en mi corazón entristecido la rabia de mis brazos, saqué mi alfanje y afilado el destino de su sable, puño en mano al infierno, me dispuse a cortar en dos la cabeza de la bestia. Alcé mis brazos sosteniendo el machete de cortar caña brava que me acompañaba siempre, cuando impulsado por la rabia de la traición, quise rebanar la garganta del mismo Satanás. Alzase la mirada distraída el diablo, sin pausar en su descanso, sin mitigar susto, me dijo.
Te has dado cuenta de lo que hace ese amor en tu vida, no eres correspondido y sin embargo pretendes quitar la vida ¡del propio diablo! Ahí está tu sufrimiento, una chola disfrazada de caridad, que encantó tu corazón sin sonrisas y despreció tu bondad, demostró que ante el mejor pastor rebañará como oveja en pastal nuevo. Sabes que no te quiere, que no te quiso y que no te querrá; pues aunque tus palabras le gustan, tu noble corazón desprecia.
Soy el diablo, por la difícil tarea que me has dado. No puedo lograr que alguien ame a la fuerza, ¿y por eso soy malo?, te he mostrado el camino al infierno, el mismo amor es un infierno, pero en ese camino te has dado cuenta que solo tú abres las puertas del tártaro. Tu alma me pertenece por haber irrumpido en la sala ¿Pero de que me sirve una alma herida?, una alma que no tiene salvación y pagará su pena entre los vivos. Olvídate de todo, de la apuesta y de ese amor, busca un nuevo camino, apaga esa amargura, limpia tu alma, tu rabia y tu corazón, recuerda que la maldad la llevamos todos, decide no abrirle las puertas al infierno.
Quedé quieto ante sus palabras, bajé el arma de la venganza y descubrí las intenciones del diablo. Me sentí tranquilo y curado para siempre. Cuando abrí los ojos ya no estaba. Se perdió entre la noche, no supe más de él, ni de ella. Dejé de escribirle, entendí que el diablo nunca estuvo enamorado, simplemente me hizo razonar Le gustan mis palabras y no mi corazón eso fue lo único que dijo, un diablo en la sala, en mi corazón un silencio eterno para ella.

viernes, 6 de noviembre de 2015

LA BICICLETA, una compañera del mundo.

Por: Jorge Mauricio Carmona López

Mi profesor de literatura Hernando Urriago, ciclista de travesías largas,  me dijo: “después de que uno se sube en una cicla, no se quiere bajar jamás”.

Compré una cicla por una razón, necesitaba urgentemente volver a realizar actividad física, el sedentarismo se estaba apoderando de mi rutina. Pensando en esta necesidad comencé a recorrer las calles de Cali en medio del tráfico, a manejar entre la jauría andante en que se convierte la manada de carros que transitan por las vías inmensas de la ciudad.
            Al comienzo, alcanzar ciertas distancias (para mi extensas) era una proeza, sin embargo, poco a poco fui ampliando mi horizonte en cada pedalazo y comencé a ver lo lejos que está un ciclista del límite; salir de la ciudad hacia rumbos desconocidos significaba para mí la verdadera experiencia de montar cicla.
Llegué a Cali hace 15 años, y después de tanto tiempo conociendo el Valle del Cauca, no había disfrutado tanto esta tierra maravillosa como en este último año. He subido la montaña “de este extenso plan” como si fuera la última vez, cada que llego con mi cicla a la cima, he dejado atrás incontables metros de paisaje, parajes que en ningún otro transporte se me hubiera ocurrido visitar, he descubierto la humildad de la carretera, la amabilidad del campo, la tranquilidad del verde extenso de los árboles, el eterno respiro de la cascada cuando cae angustiada a su muerte, luego renace impredecible convertida en ríos de vida; el polvo, las piedras, el barro, la inquietante sensación de miedo ante la mirada furibunda de los perros, ellos le ladran al caucho que rueda y que les quita su tranquilidad. La notable sonrisa de los niños cuando saludan al desconocido que se esfuerza para llegar a la meta en su máquina de aluminio; el olor del campo, esa fragancia que se extiende entre la cordillera y busca que la montaña no sea contaminada por los gases del mundo.
Encontré montado mi bicicleta: la buena gente, la humildad de quien madruga a caminar sus laderas, ellos comparten la travesía sin afanes, no le tiran al ciclista el ganado o la recua que llevan, comparten el camino con el peregrino viajero, saben que nadie hace daño si va en dos ruedas. Encontré un paraíso, cada metro que avanzo, llena de alegría mi vida; las cosas simples dan más felicidad que las complejas propuestas de las metrópolis. Encontré en mi cicla la compañía del mundo.
He tenido la valiosa oportunidad de conocer la amistad en torno a una afición, amigos de un día, que nunca más he vuelto a ver, pero que me han dejado de regalo una nueva ruta para seguir. Encontré los modos para lidiar con el sufrimiento físico, no lo he vencido, porque cada salida vuelve a parecer un nuevo comienzo; después de terminar una cumbre levanto la mirada y el camino, solo muestra una nueva trocha hacia el cielo, más empinada que la anterior, he tenido la tentación de regresar, de recoger la huella y olvidarme de la agonía en cada paso que se da sobre los pedales, pero el sortilegio de cada lugar, la convicción de alcanzar la meta y el pánico a regresar sin haber cumplido, me dan un último impulso para llegar.
La bicicleta se ha convertido en este último año en el mejor de los transportes, independientemente a donde vaya, el lugar siempre será cercano y lleno de incertidumbres.










jueves, 29 de octubre de 2015

LA HOGUERA


Se enciende, se prende, alumbra y apaga
la hoguera solitaria acompañó a la muerte,
un madero viejo descansa entre las llamas
su astilla profunda se vuelve carbón, cenizas, llamarada.

Arde en las noches cual prófuga del infierno
y abriga el destino de aquel chamusquero.
Revuelve el humo de sus leños
y cambia el camino de su viento.

Las llamas se extienden entre indios y negros,
La hoguera huele a caucho, a waira quemada;
hombres azules, de plumaje de cóndores, loros y guacamayas

defienden su tierra de las llamas de Arana,
y de su látigo de sangre con el que mata indignado:

al indio, al campesino y a su selva que se apaga entre las llamas. 

viernes, 25 de septiembre de 2015

Mi banda sonora… un pasatiempo de la vida

Por Jorge Mauricio Carmona Lopez

Desde hace muchos años vengo escuchando un programa llamado “Mi banda sonora” de Caracol radio. En este programa se invita a personajes importantes de la vida pública, ―actores, periodistas, músicos, humoristas, empresarios, etc.― gente que ha brillado con luz propia en el país. Durante un espacio de más de dos horas los sábados y domingos, cada invitado evoca los mejores recuerdos de su trayectoria a través de la música; el personaje debe elegir solamente 20 de las mejores canciones que ha escuchado en su vida, las que de alguna forma han acompañado los éxitos y las derrotas del camino. Se resume en 20 interpretaciones los recuerdos de la memoria, los más relevantes y significativos en la tarea de vivir. La entrevista muestra las bondades de la vida, las alegrías, tristezas y diferentes sucesos que cambian el destino de algún individuo.  Faciolince (2006) dice, “nuestra felicidad está siempre en un equilibrio peligroso, inestable, a punto de resbalar por un precipicio de desolación” (p.147). Vivir implica, ―estando preparado o no― enfrentarse a la incertidumbre de los cambios, lo que implica un nuevo reto, una nueva oportunidad de volver a respirar y comenzar a cultivar un mejor camino.
            Lo que hoy quiero escribir es un fragmento de mi banda sonora, algunas canciones que han tenido un sentido de vida a través de la sonoridad de los instrumentos que llevan un pueblo entero en sus sonidos. Haciendo alusión al programa Mi banda sonora, daré forma mediante las letras a algunos de los momentos grabados en los recuerdos de mi memoria junto a la música.
            La primera canción que suena firme en mis recuerdos, se llama “Venceremos” en la interpretación del grupo chileno Inti-illimani, esta canción que la agrupación chilena hizo en el año 1973, lleva un mensaje de libertad y justicia; la vine a escuchar en los años noventa en un casete de cinta, viejo pero majestuoso, que un gran amigo luego me pidió prestado y nunca más me devolvió; se escuchaban frases de resistencia, “Venceremos, venceremos, mil cadenas habrá que romper”, que yo todavía no entendía, en medio de una melodía que desafiaba a los estados, un canto de rabia ante la represión de la dictadura de Pinochet. Me llamaba mucho la atención el sonido de esas voces que susurraban un pensamiento latinoamericano; me acercó directamente a la música, el charango, la guitarra, y en especial las zampoñas[1], que los Inti illimani[2] interpretaban me hicieron rogar en la casa para que me compraran unas. A un amigo en la primera comunión le regalaron un instrumento de viento llamado malta[3] él me lo prestó y comenzó un largo trayecto en la interpretación de la música andina latinoamericana. A mi amigo nunca le devolví el instrumento, le di un buen uso.
            En el transcurso de la vida uno va escuchando toda clase de melodías, finalmente se elige un género del que nos volvemos fanáticos, entonces se comienza a preferir las canciones que llenan los sentimientos con emociones indescriptibles, sensaciones de alcanzar mundos imaginarios posibles a través de los sonidos diáfanos que descargan todas las canciones agrestes de las que nos enamoramos. Cuando tenía como 17 años, escuché Mi valle del Cauca, del grupo Niche, una hermosa canción que hace honores a esta maravillosa planicie en donde he vivido los últimos 15 años, la forma como se nombra a todos los municipios vallecaucanos es maravillosa, Jairo Varela (q.e.p.d.) mediante la música va hilando cada pedazo de tierra en una sarta de sensaciones, hasta descubrir en cada letra de su canción un departamento lleno de sorpresas; su olor a café, ese aroma exquisito que une al mundo en las mañanas y su sabor a dulce de caña, permiten que este lugar no se olvide fácilmente. Así es la música, une los corazones cuando el ritmo de una tonada llega hasta lo profundo del alma y despierta esos recuerdos escondidos.
            En el 2005, mi familia tuvo una gran pérdida. Se fue para siempre uno de los pilares de nuestro hogar, mi tío Alberto murió sin poder dedicarnos las últimas sonrisas que guardaba en su corazón, en adelante nada volvería a ser igual. En todos los rincones de la casa se ha notado su ausencia, el dolor infinito de su partida sembró cierta desilusión a la que con el tiempo nos hemos acostumbrado, pero que nunca nadie se resignará. En ese año, la agrupación del folklore chileno Inti illimani, hizo el lanzamiento de su álbum Mi pequeño mundo, el día que compré el disco, distribuido en Colombia por, escuché una y otra vez la canción Porteña, la letra del maestro Daniel Cantillana me transportaba a un reencuentro con mi tierra, la que había dejado atrás para buscar mis estudios universitarios. En esa semana me llamaron de la casa y me informaron que mi tío había fallecido; con él se fueron muchas oportunidades de vida, viajó cansado de haber luchado contra una enfermedad triste, como todas. Él, paso a paso comprendió que no había nada que hacer, solamente ir muriendo de a pocos. Y cada que escucho las notas de esta canción me acuerdo del 2005 como el año que todo cambio para siempre, y de largas despedidas en terminales incansables.
            En el claro de la luna, del maestro Silvio Rodríguez, me había graduado de la universidad, comencé a trabajar en el año del 2006 como docente. En temporada de vacaciones viajaba a visitar a mi familia y a mis amigos, en La Llanada Nariño, ahí formamos un grupo de amigos, con quienes comenzamos a compartir ideas y pensamientos de izquierda anclados a pasados gloriosos de Latinoamérica, el “Che” Guevara, José Martí, Retamar, Pablo Neruda, Quilapayún, León Gieco, artistas vinculados con los procesos revolucionarios vividos en los países vecinos, eran los intelectuales que admirábamos y queríamos tener de cerca, gente que ha proclamado libertad incluso desde su exilio.
Para el bicentenario del vecino país del Ecuador, Silvio Rodríguez ofreció un recital gratuito para celebrar la fiesta patria, el cubano se iba a presentar en el estadio Modelo Alberto Spencer, en la ciudad de Guayaquil. Para ese concierto reunimos algo de dinero y con unos amigos viajamos rumbo al evento que reunió a más de cuarenta mil personas, de distintos lugares de Latinoamérica, claramente su mayoría ecuatorianos. El recital duró más de tres horas. La sensación de amistad, hermandad, patria, unión y fraternidad que se vivió en ese recinto es algo digno de recordar. Buenos amigos he tenido, la vida me ha dado la oportunidad de conocer a muchas personas que dedican el tiempo necesario para escuchar o hacer música, teniendo la capacidad y la sensibilidad necesaria en sus sentidos para descubrir la naturaleza que habita en cada melodía. Solo la gente que está dispuesta durante horas a escuchar una cantata sin parpadear y acelerando su corazón sabe de la importancia de la música en la humanidad. Silvio Rodríguez, comenzó su recital con la canción en el claro de la luna, la felicidad de la noche estaba garantizada por la actitud del artista y la disposición del público. Un viaje inolvidable, la playa, el buen licor, la buena música y los inagotables amigos.
Voy pensando en que escribir mientras escucho las canciones, y llego a esta bonita canción de Noel Nicola, Ámame así como soy. En el 2010 esta interpretación se volvió fundamental, algo así como un soporte en el camino… conocí a una gran persona que me ha permitido aprender de ella y saber las bondades de la buena compañía. Aunque el tiempo y las circunstancias son difíciles, hemos seguido acertando en cada letra plasmada en la melodía de Nicola; revalidando en el amor la nostalgia de las separaciones, la tristeza de los vacíos y la valentía de los seres humanos que creen en la dignidad, el respeto, la comprensión y los valores que hacen la diferencia entre los ciudadanos.
Cierro los ojos y recuerdo la imagen intacta, ―esa que ha permanecido sin moverse desde el año 2011― en una sala de velación improvisada mucha gente acompaña un dolor que se había prolongado durante varios días, el último tramo de angustia espera su recorrido. La tradición dice: sacar el féretro de la casa, alzar al hombro los recuerdos inmóviles en un cajón de madera, un corto desfile hasta la iglesia, una ceremonia de despedida y una última peregrinación hasta el cementerio para llorar el entierro y despedir para siempre a un ser querido. El recuerdo se afirma cuando escuchó Las acacias, la canción que inmortalizó Garzón y Collazos; la nostalgia de un momento trascendental en mi vida, se iba la señora abuela que me había dado todo su ser para que viviera tranquilo en esta vida, enseñándome tantos valores para enfrentarme al destino; mientras mi madre y mis tíos lloraban, yo me mantenía en silencio aferrado al ataúd, tocando el madero ardiente que brillaba reluciente ante la muerte, mientras que en el último rincón de la casa, sonaban Las acacias, las voces del trío del maestro Omar Meneses partían el resto de alma que nos quedaba, “se cerraron para siempre sus ventanas”,  decían las voces de la agrupación, y el dolor se prolongaba por las venas como gasolina por las llamas, nos sacudió los sentidos y nos dejó una herida profunda que cicatriza con los días, pero que jamás se borrará.
Y para no alargar más mi banda sonora, que seguramente como la de todos, puede durar mucho tiempo, termino con dos canciones, la primera una interpretación de julio un indígena Cofán, que conocí en el 2014, en el bajo Putumayo, en una noche de ceremonia con los mayores de la comunidad, interpretó una hermosa melodía en lengua a’ingae, acompañado de su guitarra y en un ritmo llanero, no está en youtube, ni en ningún portal, pero que melodía tan importante, esa canción que está viva en mis recuerdos, porque permitió el encuentro con una comunidad nativa, a la que respeto y apoyo con total gratitud. Los cofanes hacen parte de mi vida, me han permitido evolucionar como persona.
Ya estos últimos tiempos los sonidos se han alterado en el gusto musical, después de largos años escuchando músicas del mundo, he tenido la oportunidad, gracias a la tecnología, de acercarme a los sonidos profundos y confusos de la música árabe, el maestro tunecino Anouar Brahem, un versado del laud árabe, combina sus tradiciones culturales con el jazz; este importante personaje del mundo musical se ha presentado en diversos escenarios del mundo, promoviendo algo valioso en cada rincón del planeta, el respeto por la diversidad y por los saberes de cada cultura, algo que deberíamos practicar todos, para comenzar desde nuestra propia valía a tolerar los espacios y contextos que son diferentes o diversos a los nuestros. Cuando aprendamos a valorar cada uno al otro, diremos que hemos evolucionado como seres humanos, de lo contrario seguiremos ahogándonos en los egoísmos multicolores en que vivimos sumergidos.  Qaws, una hermosa tonada interpretada por Anouar Brahem trio, quienes mediante los sonidos del desierto dejan percibir un diálogo distante entre las arenas del oriente y los vientos que llevan el polvo a la fecundidad de la selva. Cada sonido me dice el acierto en las notas, la elegancia de las posiciones de las manos y las sensaciones de satisfacción que siente el músico en su interpretación.
Mientras cierro los ojos y me dejo llevar por todos los sonidos, seguiré afirmando que la música es el motor del mundo.




Referencias


Abad Faciolince, Héctor (2006). El olvido que seremos. España: grupo planeta.



[1] La zampoña es un instrumento de viento compuesto de varios tubos ahuecados por un extremo y cerrados por el otro, dispuestos en forma vertical en una o dos hileras, todos de distintas longitudes y diámetros, lo que determina el sonido de cada uno al ser soplado por el ejecutor.
[2] Inti illimani, de la lengua Quechua, significa sol de la montaña
[3] Instrumento de viento, de 21 tubos, de la familia de las zampoñas.

viernes, 18 de septiembre de 2015

El lago de Epecuén

Por Jorge Mauricio Carmona López

“En 1985 llegaron las lluvias. El agua del lago llegó sobre las calles. La ciudad estaba bajo el agua y con el tiempo fue olvidada (…)”. Pablo Novak, (2013), documental Epecuén.

Salía todas las mañanas a esperar a que el lago llegara al frente de su casa, no se cansaba de imaginar ese momento; el fragmento de su sueño tenía siempre la misma sensación.
―Cuándo llegará el agua del lago al patio de mi casa― decía.
―Quizás algún día hijo― le contestaba su madre, e inmediatamente transformaba su rostro, sus ojos se nublaban, las mejillas intentaban detener las trasparentes lágrimas que caían ante la fatigada sensación de miedo.
            El niño insistía todos los días, repetía tantas veces como quería, la misma retahíla; en sus juegos imaginarios se iluminaba su sonrisa inagotable, una isla en miniatura, un barquito de papel y el agua del lago que se tambaleaba de un lugar a otro en el patio de su diminuta casa de cartón. Tardes eternas rogando al cielo, desde su inocencia que el lago llegue hasta el patio de su vivienda.
―¡Se informa a toda la comunidad estar listos para la evacuación!, pronto llegará el transporte―. Anunciaron los altos parlantes de la isla.
            Nadie lo podía creer, toda una vida en comunidad, la armonía de la gente por tantas primaveras vividas estaba en peligro de hundirse, las flores de los jardines a punto de convertirse en cenizas del viento, el ruido en las mañanas por las aves migratorias a horas de silenciarse; los veranos y sus turistas, la fotografía de su puerto, de su gente, todo había que dejarlo. Se acababa la vida de todo un pueblo.
            Cuando la noche inquietó con una lluvia eterna, todos comenzaron a reunir sus cosas en una maleta. Sabían que ya no había un nuevo mañana, y comenzó la travesía hacía otro lugar en busca de un nuevo amanecer; largas despedidas, la tristeza de todos que dejaban su alma entre la lluvia, se prolongaba en extensos abrazos que no se volverían a repetir, sus lágrimas no cesaban y ayudaban a inundar la sala de sus casas: vecinos, amigos, familiares, vendedores, niños, gobierno, policía, todos abandonaban para siempre la isla.
Los niveles de agua crecieron de forma alarmante, llegaron a todos los rincones de la isla, el líquido del lago ingresó en los patios de las casas, entró por cada puerta que encontró, cerrada o abierta, siguió por escaleras, sótanos, segundos pisos, balcones, todo se inundó. Poco a poco el agua se fue tragando la tierra, hasta desaparecerla.
 ―Mamá, yo quería que el agua llegara al patio, pero no quería que nos  dejara sin casa.
Muchos años después el agua se ha retirado de la antigua isla Villa Epecuén, provincia de Buenos Aires Argentina, solo queda un habitante, Pablo Novak se negó a dejar su hogar cuando se dio lo de la inundación, siguió sobreviviendo en medio de los escombros que han flotado durante largos días y noches buscando tierra firme para descansar. Después de que el agua del lago se retiró, la ciudad emergió desde el fondo; solo quedan los árboles secos y las ruinas de los barrios, de lo que seguramente fue una hermosa ciudad, en los patios de las casas el monte ha crecido a su modo; las fotografías tomadas por  nuevos turistas, muestran las ruinas de una localidad que floreció en 1921 y que en 1985 tuvo que naufragar obligada por la naturaleza.
En las noches las estrellas iluminan todos los viejos caminos, la soledad, de una tierra que fue habitada por la fiesta, deambula entre los rincones de los muros caídos. De píe se mantiene el viejo matadero, se ha negado a sucumbir ante el poder de la naturaleza, una construcción gigante que en medio de tantas cuadras destrozadas, impone su presencia para decirle al mundo que ahí existió vida, aunque ahora solo sea extensas hectáreas de cemento y escombros.
El desértico lugar le deja un mensaje claro a la humanidad, cuando la naturaleza impone su fuerza, no hay ser vivo que sea capaz de detener su marcha.





Referencias

Youtube, (2010). Estatuas de sal, Documental Epecuén. Rescatado de: https://www.youtube.com/watch?v=CdA4hbgaeZc

Macaskill, Danny. (2014). Epecuén. Rescatado de: https://www.youtube.com/watch?v=PiF5HHkHvX0