jueves, 27 de agosto de 2015

La mejor compañía puede tener cuatro patas, cola y ladrar.

Por Jorge Mauricio Carmona

“No mate Perros Para Comer melos Porque di o Las Tima mas vie meTocara morir Dian Bre Como Los Perros”.

Estas palabras, del testamento de Benjamín Cubillos, abren las primeras páginas del libro “Mi alma se la dejo al diablo”, de German Castro Caicedo. Relata el intento de un estadounidense que quiso abrir una empresa de turismo y caza de animales exóticos en la Amazonía colombiana; cuando la empresa no funcionó dejaron abandonado en el campamento a Benjamín Cubillos, un campesino de la zona que murió de hambre, acompañado de siete perros, de los cuales uno se lo comió un tigre, tres murieron junto a él y los otros tres, esperaron sonámbulos entre la maleza a que Cubillos su dueño muriera, cuando esto sucedió, intentaron salir de la manigua, corrieron 300 kilómetros en línea recta, atravesaron el río Yarí buscando la salvación, llegaron hasta la orilla del río Caguán, y allí se echaron hasta que murieron, cansados, heridos y con hambre; las costillas pegadas al cuero y las tripas cerradas, sin probar bocado durante largas semanas.
En la novela se cuenta a sangre fría lo que el hombre alcanza en sus proyectos, ― destrucción y muerte― su codicia y ambición se impone incluso ante lo desconocido; pretende matar a todo ser vivo que se le cruce en el camino, para demostrarse así mismo su absurdo poder. Los perros de Cubillos son un buen ejemplo de lo que estos nobles animales son capaces de hacer por nosotros, no hay nada más fiel que la compañía de un perro, solo haga un ejercicio, mire a los ojos de algún cachorro y se dará cuenta que en el cuadrúpedo solo hay por entregar nobleza y amor.
El maestro Fernando Vallejo dice “la humanidad entera no vale un solo momento de dolor de un perro”, y tiene toda la razón, el hombre es cruel con los animales de toda especie, incluido él mismo. Semanas atrás circuló por las redes sociales un video en el cual se mostraba, como unos estudiantes de biología le sacaron a una inocente tortuga un pitillo de plástico de 12 centímetros de su nariz, el dolor y el sufrimiento del pobre animal no tiene descripción alguna. Y sin embargo, todos los días los mares, los ríos, la selva, se llena de basura que nosotros producimos; somos una enorme máquina de producir desechos que contamina cada rincón de vida. A los animales les ha tocado batallar en este mundo con la especie más cruel de todas, la raza humana.
Otro caso aberrante y despiadado, sucedió apenas hace unos días, cuando un maleante al parecer por robarse a un perro (Bull terrier, llamado Dominic) se llevó una mordida del animalito que se sintió amenazado en su propia casa. El delincuente, cobarde e impotente, fue a llamar a sus amigos y estos, de la especie animal de la peor calaña, se ensañan contra el perro, lo torturan y lo asesinan delante de unos parroquianos que observaron —intimidados quizás por cuatro ampones, de una raza muy peligrosa (la humana)—sin hacer nada.
Sólo es de imaginarse el sufrimiento, el dolor, la angustia, el miedo, la incertidumbre de Dominic por lo que estos sádicos le hacían, para sentir en el alma la rabia y la desesperanza por este mundo en el que vivimos. Y todavía es más triste saber que esas cuatro sabandijas rabiosas, andan sueltas en la calle muy tranquilos, buscando o esperando su nueva víctima. Porque no lo dudemos, si son capaces de eso, son capaces de llegar a cualquier otro acto independientemente si el infortunado es animal o humano. Bien dice Vargas Llosa “el hombre ya no es un animal, pero resultaría exagerado llamarlo humano todavía”.
Sin embargo, en medio de la desesperanza y el caos, quedan pequeños vestigios de bondad en esta humanidad desalmada; en diversas ciudades del país, y aunque los medios de comunicación no le dieron tanta publicidad, muchas personas con sus mascotas, animales que son compañía infinita, prójimos del alma, se hicieron presentes el pasado domingo en diversos puntos de encuentro, para levantar una voz de protesta contra el maltrato animal. Una causa tan importante como los derechos humanos, promoviendo lo que equitativamente se merecen “aquellos que no tienen voz”, pero que confían en aquellos que si la tienen. Gente tratando con respeto y amor a todos los extraordinarios canes que movían su cola a toda hora, sin discriminar a ninguno de su especie, de ellos sí que tenemos mucho que aprender: grandes, pequeños, trompudos, cachetones, diminutos, blancos, negros, orejones, amarillos, todos sin excepción demostraron que su nobleza no tiene límites.

Los perros tranquilos, ninguno mostró querer lastimar a otro de los cachorros presentes; en cada oportunidad aprovechaban la cercanía para compartir cariños con sus hocicos y lenguas, demostrando a todos que las especies pueden convivir en este espacio sin  maltratos ni abusos; es cuestión de sentir en ellos “el alma” que los guía para entender que son más civilizados que muchos de los llamados humanos. Un día sin duda inolvidable para los peludos amigos que seguramente se emocionaron de ver en medio de  la vehemencia del sol que los fatigaba, tanto perro moviendo la cola en un homenaje a Dominic. Una razón más para que el ser humano se reinvente en su forma de vida, y dé un paso más allá de su soberbia, apoye la iniciativa del proyecto de ley 172 que busca la sanción para todo acto que implique el maltrato animal. Sería una forma sensata de comenzar a reparar los daños causados a tantas especies extintas, como también una forma de que los gobiernos se reivindiquen con el daño global del maltrato y exterminio del que han sido testigos mudos. Quizás no sea la solución final, pero puede ser el comienzo para alcanzar igualdad, respeto, y principalmente el derecho a la vida que se merecen todos los seres vivos de este planeta.
La sensación de felicidad que me dejó este encuentro con los seres de cuatro patas, los caninos, a los que he querido desde siempre, me transportó a los recuerdos memorables al lado de estos animalitos tan únicos y especiales; un homenaje sencillo en nombre de la libertad y el respeto que todos ellos se merecen, en especial a los perros que me han acompañado en la vida, llevaron o llevan el siguiente nombre: Robert, Toby, Lala, Thor, Taylor, Choco, Canela, Pandora, Sacha, Rex… a ellos les aprendí la importancia de una buena compañía.





miércoles, 19 de agosto de 2015

La música, un puente de sensaciones entre la creatividad y la esperanza

Si damos un repaso a la historia, ésta nos dirá que hemos sido un pueblo lleno de melodías, músicos, serenatas y festejos.

Sin embargo, el tiempo ha pasado fugazmente sin hacer pausas ni mediar entre los pobladores, simplemente ha pasado y se ha sumergido entre la rabia de la noche ―que intenta detener el tiempo para contemplar sus estrellas― y ha seguido poblando de sonidos las esquinas de cada cuadra.
            Si bien la música es una expresión artística que se alimenta de extrañas sensaciones, no debemos afirmar, por el simple hecho del gusto, que una música es mejor que otra, ―llamando música a los estereotipos que han escrito un hito en la vida, no a las vulgares imitaciones de prosa y ritmo, que lo único que dejan al descubierto es lo prostituida que está parte de nuestra sociedad― por el contrario, cada cultura deja influenciar sus ritmos ancestrales, por nuevas propuestas, que elevan la complejidad de cada compás hasta lograr conjugaciones magnificas en sus tonadas.
Cuando escuchamos las historia que cuentan los mayores (abuelos, padres, tíos, vecinos) siempre hacen reminiscencia de aquellos virtuosos músicos de antaño que tocaban hasta el amanecer sus melodías, al sonar de la guitarra, el acordeón, la dulzaina, el bandolín entre otros instrumentos de corte universal, que en medio de la pobreza de los campesinos, sonaban afinados los ritmos del canto humilde del trabajador, ―la música siempre ha fortalecido la esperanza del obrero y el esclavo, pues al ritmo de las tradiciones, se han forjado innumerables empresas― quizás por eso el maestro Alejo Carpentier, que además de ser un increíble novelista era un excelente músico, le dio vida en su obra Concierto Barroco a Filomeno, un negro esclavo, comprado por un nuevo patrón solo porque tocaba la guitarra; y es llevado a Europa donde afloran sus dotes musicales. Así suenan los relatos de otros tiempos, reflejan ideales sólidos de hermandad, nostalgia y se reinventa en cada sonata que las manos obreras interpretan.
            Hay una fotografía de cuatro músicos llanadienses, en blanco y negro, nadie sabe o por lo menos nadie afirma quienes son, llevan sombrero, saco, camisa, pantalón de tela, se ven muy serios, acompañados de guitarras y un violín. Cuando uno mira esa fotografía, escucha lejanamente algunos sonidos efímeros de su música, ellos son el pasado natural de una herencia musical que fue cobijando el tiempo con sus refinadas melodías. Al hacer memoria, muchas generaciones deben recordar con agrado que tenemos un pasado artístico vigente, un sueño colectivo que forjaron artistas como don Artemio, don Lizardo, don Omar Meneses, quienes con su estilo campesino y tradicional han amenizado innumerables encuentros, festivos o fúnebres; la tradición les enseñó a ellos que la música traspasa la barrera del dolor y acompaña a la muerte en su caminar. Aunque lejos pero en un pasado cercano, el folklore también hizo trinar sus guitarras y charangos en medio de las montañas del sur, unos aires nostálgicos que llegaron de tierras extranjeras, hombres de montaña, campesinos que sembraron en la tradición una huella imborrable. Lucho Vallejo con su sobrino Plinio (q.e.p.d.) sembraron una costumbre que sin muchos aficionados perdura en el corazón romántico de unos cuantos.
            La banda municipal 7 de septiembre, fue la encargada de seguir cultivando la camada de músicos que deslumbraron por su talento, el maestro Cristian Vallejo, un día sonreía tocando tambor, al otro día susurraba una trompeta que encarnaba la melodía pura de sus raíces. Y de allí salió luego otro grupo de músicos alternativos que han reencarnado los viejos recuerdos del rock y en sus gargantas se escuchan las voces de Bumbury, Cobain, Hetfield, Mercury entre otros, acompañadas con la fuerza natural de sus guitarras para decirle al mundo que mientras exista un instrumento musical, los fusiles no podrán callar la esperanza.
            Ante todo, mientras los jóvenes sigan alimentando su cultura con la música, tendrán un pretexto para alejarse del conflicto, las drogas y la desesperanza. Y volverán a confiar en los lejanos recuerdos de una tierra tranquila, asumir su deber ciudadano para construir una Llanada mejor. 

viernes, 14 de agosto de 2015

La poesía, no solo un mundo de palabras, también un sinnúmero de imágenes.

Por Jorge Mauricio Carmona

En clase de tendencias poéticas de la maestría de literaturas, en la universidad del Valle, con el profesor Julian Malatesta, surgió una discusión sobre lo que debía tener un poema para ser bueno, el profesor comentaba que se llevó varias horas pensando en la respuesta, sin encontrar un resultado favorable para ello.  

            La poesía creo, sin ser experto, es un universo inagotable de emociones. En las líneas de cada verso, se van acomodando una a una, palabra por palabra las imágenes más artísticas que el lente fotográfico de un ojo humano, como decía Umberto Eco, puede retener; son muchas las sensaciones que un poema deja a través de su lectura. Tanto el que escribe como el lector, encuentran en este mundo la oportunidad perfecta para relatar, con las palabras apropiadas, alguna de las muchas sensaciones que encarna el ser humano.
Ahora bien, la poesía debe estar escrita para poder ser leída y transportar al lector a otros planos imaginarios, es ahí, en ese mundo de las letras donde se han dado los versos más acertados que pudieron crear los poetas, nombrarlos quizás sea herir la susceptibilidad de muchos, solo quiero leer un verso que ha llenado mi vida de sensaciones y compartir un par de apreciaciones sobre el tema.

Este verde poema, hoja por hoja,
lo mece un viento fértil, suroeste;
este poema es un país que sueña,
nube de luz y brisa de hojas verdes
Aurelio Arturo.

Estas frases que hacen parte del poema Clima, del nariñense Aurelio Arturo, el poeta más importante que ha tenido Colombia en el siglo XX, me han permitido encontrar la oportunidad de volver a mi tierra cada vez que me encuentro perdido en la fatigada sensación de olvido, palabras que guardan en su sonoridad un escondido mensaje; esas palabras no sé qué causaron en mi memoria, cuando las leo vuelvo a caminar las calles de mi pueblo, y en su cadencioso silencio aparecen las poéticas imágenes que me traen todos esos recónditos lugares, esos incontables mundos de fantasía natural, con sus raíces y colores dignos de un poema de Aurelio Arturo, paisajes rurales acompañados de una población campesina, trabajadora de la tierra, mineros incansables, que le entregan todo su corazón al forastero amigo que llega.


Así es la gente de La Llanada, todo un poema que espera ser leído y recordado a través de las imágenes inagotables de la cordillera, que con su tufarada de viento sacude las montañas que cubren como un manto el rincón dorado. Como diría el poeta nariñense, el verde es de todos los colores, en La Llanada el verde también es de muchos colores.