De repente sentí la necesidad de invocar una fuerza más poderosa que mi
corazón para conquistarla, sin saber en qué me metía, mi alma se nubló de
resentimientos y dolores ajenos al amor, y lo invoqué. —Ayúdame a conquistarla, y déjame quererla,
porque sin ella no hay vida en la tierra, ni menos cortejo en la sala, —le dije—. Invocando la presencia de ese misterioso poder
de inframundo, más soberbio que cualquier sentimiento humano. Me arriesgué a
entrar en ese oscurantismo al que dicen todos no se debe molestar. De la nada y
sentado en el canapé de mi sala, un diablo de color rojo, con unos cuernos de
becerro herido y un rabo moribundo de morueco hediondo, apareció en la mitad de
mi casa; un delgado y fino bigote adornaba su cara, que se desfiguraba cuando se
reía; sus cejas también finas y pobladas completaban su enigmático rostro; su
mirada se transformaba en una irónica imitación de caballero errante; saco,
chaleco y corbatín, unos zapatos de charol con un cuero lustroso que daba un
brillo mágico a la noche; tenía un bastón negro con una calavera de borrego en
la punta que al parecer lo acompañaba en cada paso que daba. Se paró y caminó
de un lado a otro dejando entre el polvo de la estera el olor a infierno, un
azufre verde y amarillo que se internaba entre mis fosas nasales y respiraban
con angustia las palabras mal entonadas que invocaron su presencia.
—Mi nombre es Gérico, más conocido como “el
diablo”, Lucifer, “Satanás”, “demonio” “Belcebú”, “Mefistófeles”, “Luzbel” o
cómo quieras llamarme —sentenció— en un acento extraño, con palabras pausadas
pero que determinaban en su hablar la autoridad del averno de donde venía.
— ¿Por qué me has invocado? —Preguntó—. Deslizó suavemente su cola entre la silla y
dejó caer su capa negra entre el espaldar del asiento, cruzó las piernas, me
miró fijamente a los ojos y sonrió.
—Parece que sufres un mal que solo se cura con
la desgracia, para eso no tengo el remedio; pero dime si me equivoco, ¿por qué
has necesitado de mis servicios?
Temblando por mi vida y a sabiendas que tratar
con el diablo es quizás una sentencia anticipada, respiré profundo, tomé
fuerzas de moribundo y expulsé unas palabras de angustia que destilaban un
sabor agrio revuelto con azufre.
— ¿Quieres tomar algo? le dije.
—Muy amable de tu parte. — ¿Tendrás por casualidad un vino tinto?
Asustado busqué el último sorbete de sidra que
permanecía en un totumo viejo, almacenado en la buhardilla, lo serví en la
primera jícara que encontré, y temblando de miedo me acerqué y le pasé el
recipiente.
—Gracias.
Tomó un primer sorbo, lo detuvo en su boca unos
segundos y como si hubiera probado las amarguras de mi dolor, hizo un gesto
diabólico, enrojeció sus ojos, doblegó sus mejillas, ciñó sus cejas, arrugó su
frente y lo escupió en mis pies.
—Se necesitan agallas para invocarme, pero más
agallas se necesitan para servirme un vino tan horrible. Espero que tu
necesidad sea mejor que esa inmundicia que me has servido.
No sabía qué hacer por la amenaza recibida,
dejé que rezongara por el vino y esperé sentado al frente de él, con los codos
en mis piernas, las manos sosteniendo mi cara y preocupado por lo que seguía.
—Tengo mal de amores, la chola de mi corazón, no
hace caso a mis quereres, y aunque mis versos le imploran amor, ella no deja
que la corteje, y entre canción y lamento, me dice que no la moleste más, que
le deje tranquila y que me olvide para siempre de ella.
Con un gesto de preocupación caminando de lado
a lado, su puño aferrado al bastón detrás de la espalda y con la otra mano
sostenía su mentón, persuadido por el pensamiento y con cierta preocupación se
detuvo.
—Será acaso que enamorada está de otro engendro,
o eres un esperpento y la doncella de quien hablas no sabe cómo decirlo.
Eran dos opciones que no había considerado,
pero que sin duda me habían puesto a pensar detenidamente en ese corazón
destinado a amar, pero que no devolvía los ronroneos de cariño que yo le
ofrecía a cada instante. La segunda opción me había traumado un poco más. Pero
que ¡Diablo tan maniobrero!, dirigía los hilos de mis sentimientos a la fealdad
de mi naturaleza; quizás mi cara desgarbada, un poco plana, con los ojos
cubiertos por la oscuridad de mis ojeras, mi nariz puntiaguda, unos bigotes
lejanos que poco poblaban mi barbilla, tan larga como mi desdicha, y unas cejas
pobladas que se unían la una con la otra en contravía con mis ojos que miraban
de sospecha a diferentes lados. Sí, era casi tan feo como el Diablo, viéndolo
bien, era más feo que el propio Diablo. Pero en amores y en quebrantos no hay
belleza más limpia que la del corazón enamorado y para eso yo era el mejor; a
favor tenía mis versos, sonetos frágiles que llegaban al corazón del mismo
amor, y eran esas palabras que adornaban mis fragmentos las que ilusionaban mi
deseo de vivir al lado de mi chola querida, porque sin duda no era admiradora
de mi extraviada hermosura, pero mis palabras escritas hacían eco en su
corazón, así ella lo negara, o por lo menos eso era lo que pensaba hasta
entonces.
La noche transcurría despacio, tranquila y
serena, el Diablo era dueño del tiempo y de la oscuridad, buscaba pausadamente
y con sutileza cada palabra a decir, sin herir mis quebrantos y sin ofender lo
rústico que había en mi rostro, no dejó de hablarme en toda la noche.
Finalmente se detuvo y dijo.
—Pienso ayudarte, y ver si la chola se enamora
de ti, debes prometer algo a cambio: todas las noches en las que dure mi labor,
dejarás una copa del mejor vino en la mesa de tu sala, y sin importar lo que
escuches, nunca saldrás de tu cuarto a ver qué sucede. Si la curiosidad impide
que cumplas el trato, nuestro acuerdo se romperá y tu alma me pertenecerá
inmediatamente, además el amor de tus quebrantos jamás volverás a ver.
Era un pedido no muy fácil de cumplir,
conociendo quien es el Diablo, de raro no tenía nada que me estuviera jugando
una de sus trampas oscuras, donde claramente mi alma estaba en juego. Por otro
lado, el respirar agitado de mi corazón decía que era la única opción que tenía
para conquistar a la Carmelita de mis amores; el amor me impulsaba al riesgo de
la muerte, y mi alma temblaba al saber que por culpa de un sentimiento, al
infierno iría a parar. Antes de contestarle me apresuré en su sentencia y le
pregunté. —“Belcebú”,
¿te has enamorado alguna vez?—. Y
sorprendido por tan intrépida consulta, me miró de reojo, sonrío obligado y expulsó
en medio de un aliento de desilusión, una respuesta no como la esperaba.
—El amor es para los débiles. ¡Y yo no soy de
esos!
Pensé que escondía algo en sus sentimientos, porque temblaba de rabia
cuando pronunciaba esas palabras.
—He tratado de no recordar su nombre, sin alma ha
sido el karma de mis amores, aunque no he querido reconocerlo, el ángel que
devora mis pesares se llamó “Nina”, la mujer que acompañó durante siglos mi
existencia. Pero la eternidad del infierno hace que las almas vaguen entre la
nostalgia, que el amor naufrague entre la tristeza y la desilusión del olvido—. ¿Pero déjate de tonterías y dime aceptas mi
propuesta?
Sentí cómo el calor del fuego recorría mi
sangre, y de colores surcaban mis dudas, sin mayor arrepentimiento, ni culpa,
le expresé mis intenciones.
—Si te conformas con el buen chapíl mezclado con
uvas que germinan en este valle del alto, y que se produce en esta vieja
comarca; poco vino tinto que se esfuma entre los pilches y se comparte entre
compadres en el carnaval, y te tomas sin remilgar noche tras noche el vaso que
te dejaré en la mesa, entonces pondré mis problemas de amoríos en tus manos.
Así fue, el paisano que había invocado mi
presencia, un cholo, pastor solitario, harapiento y tristón, aceptó mi trato. Y
yo, como buen Diablo tenía el surco en mi azadón, esperando que caiga en mis
trampas para robarle de su corazón el alma, y quizás de paso llevarme al
infierno también a su doncella, que seguro será alguna cholita, ‹‹paisana de
faldas anchas, viejas y coloridas, sin ninguna gracia.
La primera noche en la que el paisano dejó el
vino en la mesa de la sala, le dejó también el retrato que el diablo le había
pedido, una fotografía de la mujer a la cual tenía que implorar el consuelo de
su corazón y convencerla de la buena voluntad de don Ángel, esa sería su tarea. Cuando levantó el pilche lleno de
vino espumoso y ferviente, con olor seco, a chapíl destilado entre cañas y
azucares amargos, sintió el primer sorbo tan insipiente como aquel del anterior
encuentro, miró al lado un retrato sobre
la mesa, lo levantó para observarlo con detalle sin pensar qué encontrarían
sus visiones. Ahí estaba, era ella, estática y tranquila, arrogante y dulce su
mirada; alumbraba la tierra en el color de su piel, sus mejillas se enrojecían
por el viento que la besaba, sus enormes ojos, ¡negros y brillantes!,
resplandecían en medio de un blanco transparente que sostenía su mirada; eran
unos ojos de contemplación fija y destinada a mirar el amor. Su nariz llevaba
la marca sagrada de sus antepasados, gruesa y corta, donde respiraba las mieles
de la ternura, el vapor que dejan las aves en las nubes por la migración de su
vuelo y el olor a tierra, cuando los goterones levantan su aroma entre el polvo
seco.
Su boca deslizaba entre sus pliegues una suave
esencia de cerezas rojas, que brotaban como manzanas prohibidas fruto del canto
y la semilla, eran unos labios gruesos de un rojo intenso que se enmarcaban en
una sonrisa eterna que apenas se le dibujaba; de sus orejas colgaban unas
enredaderas, uno tras otro amontonados, pequeños frutos de la tierra que
artesanalmente formaban una sarta de semillas convertidos en aretes, y al final
de cada uno de estos elementos que adornaban sus orejas, una pluma blanca en
cada lado dejaba al descubierto el cuidado de su belleza; sostenía en sus
brazos una hermosa guacamaya de colores, —plasmaba el encuentro con otras culturas— el azul del cielo en sus plumas se entonaban
junto al azul del mar, enseguida unas plumas verdes, del verde que ilumina el
monte, el rojo fornido de la sangre, el naranja y amarillo en su pecho, la
compañía de un morado se confundía con los demás colores, formando en conjunto
un retazo de cielo y arcoíris que constituían el colorido del ave y el cueche
de sus ilusiones; la guacamaya se conjugaba con la belleza de la mujer, una
doncella que llevaba un vestido lleno de matices, en cada hilo trenzado se
confundía el lindero de la fantasía y la realidad. La adornaba un sombrero
mágico lleno de tejidos indios, donde cada mano nativa dejaba impregnada la
huella de un pueblo y la gama de una tierra. La mujer que el diablo observaba
en ese retrato, era la belleza en carne viva, era la paciencia y la
tranquilidad plasmada en arte.
El diablo quedó sin aliento, y el vino tomó un
nuevo color, un nuevo matiz, un nuevo sabor, su textura cambió y fue un sorbo
tan placentero que pensó que era el vino de los frutos silvestres pisado por querubines
del mismo cielo. Bebió un sorbo y comprendió que esa sensación de paz celestial
no estaba en el infierno, y que seguramente al contemplar la belleza de la
mujer que poblaba el cerro del alto, estaba encontrando el camino hacia el
infinito del afecto. Los serafines del amor habían atravesado sus flechas en la
textura de su infernal pecho, y estaba enamorándose de esa mujer ajena, a la
cual por obligación tenía que encaminar hacia el destino amoroso de don Ángel,
el paisano que de reojo observaba desde su habitación las fariseas
gesticulaciones que en el rostro del diablo se destellaban.
Bebí sin parar todo el vino empozado en ese
totumo de la tierra, pilche a pilche, sacudí hasta la última gota, hasta que la
noche sumergió entre las nubes su agitado páramo y se perdió entre las montañas
con un sol crepuscular que iluminó la casa por completo, decidí irme a
descansar. Me fui de la sala con esa imagen que me alejaba de la realidad y no
me dejaba tranquilo el pensamiento; me acosté pensando en ella, en sus ojos, en
sus enormes ojos, en su bonito rostro, en sus delicadas manos que sostenían una
hermosa guacamaya de colores. Así seguí reconstruyendo ese retrato único que
recogí de la mesa y escondí en el bolsillo de mi chaqueta, hasta que me quedé
dormido por completo. De repente me desperté en medio de un sueño, una fantasía
no ordinaria, “yo” el propio diablo, deambulaba entre los caminos de tinieblas
siguiéndola en el afán de alcanzar su corazón, caminaba entre las piedras y el
fango de mis miedos, ella fugaz y ligera se escondía de mí. El desespero se
apoderó de mis sentidos. ¿Cuándo “el diablo” estaría metido en problemas de
amores?, y más por una campesina de colores que se endiablaba en mis sueños.
Ella con sus polleras radiantes, cubierta su cabeza de unos aladares negros y
lisos, cabellos tan finos, cercanos al linaje ancestral de Mamá Ocllo; sus
trenzas negras entre mares y esperanzas inundaban mi sosiego respirar, que a
pesar de mis inmortales poderes era incapaz de alcanzar su huida.
Desperté de golpe y pensando en ella, en ese
momento tomé la decisión definitiva. A mi querido amigo don Ángel, tendría que
jugarle una partida de traición y conquistar el corazón de la hermosa mujer retratada
en ese papel de plata. A las cartas que
mi buen pastor le ha enviado a su amada, les cambiaré el nombre y este
intermediario se convertirá en un elegante caballero que desfila por los
linderos del afecto, buscando que en el sueño eterno me acompañe para siempre
una paisana de colores, en este último intento por dominar las miserias de eso
que llaman amor.
—Amanecen los días y terminan las tardes, este
diablo mentiroso no muestra resultados en lo pactado, en cambio yo sí le he
dejado todas las noches el vino más fino que he podido conseguir por estos
lugares, al que me había comprometido, aunque a veces mezclado con hojas de
anís.
— ¡Faltaba no más ahora! la chola de mis
ilusiones me ha dicho en una carta que no la busque más, un nuevo pretendiente
ha enredado sus plegarias, y con cantores lejanos le ha endulzado sus oídos y
le ha revoleteado en su pensar. Qué hago, ¡tendrías que ayudarme Lucifer! y
explicarme por qué en este tiempo que mi sala huele a azufre, no he tenido
respuesta alguna a mis suplicas de amor. ¿Qué ha pasado con las epístolas que
le envíe a la Carmela?, esos versos que eran los retazos de mi corazón
plasmados en letras, en ellos solo decía cuanto la amaba. Qué has hecho con
esos versos tristones que solo han servido para fatigar mi angustia, qué has
hecho en este valle de melancolía, con las súplicas de amor que mi fatigado
corazón exigían al destino...
Me animé a salir del cuarto, observé que el
diablo había entonado su paladar y estaba derrotado en el sofá, tendido de
borrachera, como un palomo bajado al carnaval, se había tomado tres totumos de
ese vino que despreciaba tanto. Su cólera se enredaba entre la cola y las
patas, sus cuernos revelaban en la noche el filo de sus punzadas; roncando con
ganas, balbuceaba y entre dormido hablaba. En un sueño profundo manoteaba
cualesquier sinsentido de dolores, el amor retumbaba las quimeras del diablo y
parecía dolerle tanto como a mí. Despacio caminé sin hacer ningún ruido,
parecía que la borrachera dejaba al diablo sin ningún poder, no me sentía
caminar. Mis pasos configuraban un deseo, descubrir en qué diablos estaba
metido. Quería salir corriendo del miedo, pero sumergido en un sinsabor por descubrir
¿qué hacía el diablo en mi casa todas las noches en un sillón viejo tomando
vino, mirando aquel retrato guardado, hablando solo, borrando y tiñendo con
nueva tinta las hojas del viento en donde plasmé mis lamentos?
Mientras me acerco, el sobresalto de mi cuerpo
ante sus movimientos, deja percibir el miedo que le tengo, pienso también que
cualquier ruido iba a despertarlo, pero tan profundo estaba que incluso le pisé
la cola y no sintió mis alpargatas gastadas por las andanzas del camino. Cuanto
más me acercaba, él en su agonía descansaba entre las tinieblas de un profundo
sueño.
En la mesa había un reguero de cartas, todas
escritas a mano, con tinta negra. Eran hojas blancas llenas de ilusiones y
pensamientos, escritas con la frescura de la sangre que se derrama por el
cálamo de las ilusiones. Fantásticas letras como hormiguitas, organizadas una a
una, buscando que cada rima cuadre con el tiempo y la desgracia de un amor,
formaban trechos infinitos en un destino de malos amores, una a una caminaban esperando
al final componer la prosa para la amada, y entre todas esas figuras
delirantes, se leía claramente con letras sublimes el destinatario; un nombre
raro, proveniente de lo hondo del inframundo, ¡Gérico!
Yo alzaba una y otra carta, no podía creer lo
que mis ojos de manchego leían; eran todas las cartas que yo había escrito, una
tras otra se habían enviado a la Carmela, todas con mis palabras, pero ninguna
tenía mi nombre; era claro, el diablo había cambiado el seudónimo a mis
epístolas. Tramposo y mentiroso me resultaba el diablo, un garitero aprovechado
de mi noble pensar, dejaba en ruinas las ilusiones de un labrador solitario,
cansado de sufrir. Y había más, a un lado estaban otras, las cartas que la
Carmela delirante de contenta por las palabras viejas leídas, pero que con un
nuevo nombre albergaban una fresca ilusión. Describía entre línea y línea cada
noche del maíz que pasaba soñando por su nuevo amor. Me entristecía el alma,
saber que ella a mi amor no le daba crédito, se había burlado siempre de mis
palabras; me confundía saber que esas mismas letras, transformaban su corazón
en la enamorada creciente que siempre quise. Pero era evidente, amaba al
diablo, a un ser poderoso que le podía ofrecer algo más que un buen amor; no me
quería a mí, un pongo cantor, poeta y olvidado que solo retumba los ecos del
corazón de peña en peña, de tulpa en tulpa, con amargos guarapos campesinos. Me
consideraba un solitario conquistador y aventurero, enamorado de las cholas y
que ni siquiera era un buen trabajador. ¡Así me trataba!
Las cartas lo decían todo, el maldito diablo,
animal de monte, culebrero infame, mentiroso por tradición, embustero bandido,
me había mentido todo este tiempo, y engañándome con falacias razones, se había
enamorado de la Carmela, por lo menos eso hablaban mis cartas que utilizaba con
su nombre. Un simple seudónimo cambiaba el curso de mi vida, la rabia se
apoderó de mi mente en busca de mi venganza, quise actuar sin sentimientos y
descuartizar su sonrisa; las puertas del infierno se abrieron en mi alma,
olvidándome del paraíso infinito que sentía al observar la imagen eterna de mi
amada. Ellos ahora culpables de la desgracia que se acerca, provocaron en mi
corazón entristecido la rabia de mis brazos, saqué mi alfanje y afilado el
destino de su sable, puño en mano al infierno, me dispuse a cortar en dos la
cabeza de la bestia. Alcé mis brazos sosteniendo el machete de cortar caña
brava que me acompañaba siempre, cuando impulsado por la rabia de la traición,
quise rebanar la garganta del mismo Satanás. Alzase la mirada distraída el
diablo, sin pausar en su descanso, sin mitigar susto, me dijo.
—Te has dado cuenta de lo que hace ese amor en
tu vida, no eres correspondido y sin embargo pretendes quitar la vida ¡del
propio diablo! Ahí está tu sufrimiento, una chola disfrazada de caridad, que
encantó tu corazón sin sonrisas y despreció tu bondad, demostró que ante el
mejor pastor rebañará como oveja en pastal nuevo. Sabes que no te quiere, que
no te quiso y que no te querrá; pues aunque tus palabras le gustan, tu noble
corazón desprecia.
—Soy el diablo, por la difícil tarea que me has
dado. No puedo lograr que alguien ame a la fuerza, ¿y por eso soy malo?, te he
mostrado el camino al infierno, el mismo amor es un infierno, pero en ese camino
te has dado cuenta que solo tú abres las puertas del tártaro. —Tu alma me pertenece por haber irrumpido en la
sala — ¿Pero
de que me sirve una alma herida?, —una
alma que no tiene salvación y pagará su pena entre los vivos. —Olvídate de todo, de la apuesta y de ese amor,
busca un nuevo camino, apaga esa amargura, limpia tu alma, tu rabia y tu
corazón, recuerda que la maldad la llevamos todos, decide no abrirle las
puertas al infierno.
Quedé quieto ante sus palabras, bajé el arma de
la venganza y descubrí las intenciones del diablo. Me sentí tranquilo y curado
para siempre. Cuando abrí los ojos ya no estaba. Se perdió entre la noche, no
supe más de él, ni de ella. Dejé de escribirle, entendí que el diablo nunca
estuvo enamorado, simplemente me hizo razonar —Le gustan mis palabras y no mi corazón— eso fue lo único que dijo, un diablo en la
sala, en mi corazón un silencio eterno para ella.
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