jueves, 30 de junio de 2016

SULTÁN
Esperanza se dio cuenta el lunes que Sultán no había llegado a la casa la noche anterior como de costumbre; no había ladrado en la madrugada, tampoco había asomado su hocico a la cocina, ni le había movido la cola a nadie, no sabían en dónde estaba. Que ese día no apareciera en toda la mañana ya era una sorpresa para ella.
―¡Sultán! ―grito Esperanza varias veces, pero nadie respondió a su llamado― este perro loco en dónde se habrá metido.
            El martes tampoco se sintió rastro alguno, ni de Sultán ni de su dueño, aunque de Elso ‹‹el amo del perro›› poco se preocupaban. Mantenía siempre fuera de su casa, trabajaba como peón en fincas cercanas; a veces llegaba borracho, incluso en ocasiones no llegaba. Era su vida y a los vecinos eso no les incomodaba. Por eso Sultán se volvió uno más en las casas del “Motilón”, la vereda de diez familias que luchaban contra la soledad, el tiempo y el abandono estatal, replegados en el campo a la merced de lo que podía ofrecer la tierra. Sultán siempre fue amable y cariñoso con los vecinos, quizás por eso en su caridad, le garantizaban siempre un plato de sopa y arroz, en una u otra casa, la comida siempre estaba segura.
—Buenos días, don Marcial.
—Buenos días señora Esperanza, ¿sigue preocupada por el perro?
—No ha venido a comer, me parece raro. —Buscó con su mirada la casa de Elso esperando encontrar el rastro del perro— ya ha de aparecer, que liebre andará siguiendo; ¿me puede vender unos tomates?
—Claro doña a Esperanza. No se preocupe, el Sultán ya ha de aparecer.
El miércoles apareció, llegó caminando, acezando, sus ojos dispersos, con hambre, fatigado, parecía no haber dormido bien. Movió la cola saludando a todos, buscando que alguien le mitigue el hambre, con afán. Ladró un par de veces y luego metió su boca en el plato; comió apresurado una sopa guardada del día anterior.
―¿Dónde estabas? perro, detrás de qué animal andas ―Dijo la doña, hablándole al Sultán mientras comía― ¡mira como tienes ese hocico! ¡Qué te habrás tragado!
Sultán devoró la comida en segundos, levantó la mirada, como esperando algo más. Cuando sintió que no había otro bocado, salió con afán y se paró frente a la casa de su dueño. Descansó un rato, durmió un sueño atrasado. Desde las otras casas, todos miraban al perro, tranquilos de que apareció.
―Volvió el perro, doña Esperanza ―se escuchaban los gritos desde la distancia de las otras casas, contentos porque nada le había pasado.
La señora sonrió, miró al perro echado en la casa de su vecino y se despreocupó. Más tarde cuando se acordó otra vez de Sultán, quiso encontrarlo echado en el andén, pero no estaba; otra vez había salido sin comer, con afán. El perro andaba raro.
Aunque el viejo Elso prolongaba sus ausencias, siempre aparecía. A pesar de la indiferencia que él tenía con sus vecinos, ellos se preocuparon. Sultán volvió en la noche por comida y se desapareció. Al día siguiente estuvo perdido todo el día, el viernes en la tarde regresó por alimentos, lo notaron agotado.
―Marcial, hace días que no veo a don Elso, ¿le pasaría algo? ―dijo don Jacinto― no se había perdido tanto tiempo.
―Es cierto, y el perro anda todo raro, se desaparece por días. Hoy parecía bastante débil. ¿Por qué no lo seguimos? ―insinúo Marcial― y de paso salimos de duda.
―Sí señor, esté pendiente, cuando el perrito llegue a comer, me llama y nos vamos detrás.
Sultán llegó al mediodía del domingo; comió, descansó un poco y nuevamente salió caminando entre los matorrales. Los dos hombres lo siguieron; con cuidado, paso a paso, caminaron por el rastro que dejaba el perro, por un momento pensaron que lo habían perdido. Habían caminado cerca de una hora y pararon porque no sabían para dónde seguir. A lo lejos escucharon ladrar al animal.
―Ahí está ―gritó Marcial― ¡corramos!
Siguieron los ladridos de Sultán, se escuchaba el gruñir del perro, era un aullido desesperado, que desgarraba su garganta, como si estuviera ahuyentando los espantos de la lobreguez. Eran los ladridos de un perro salvaje, desconocido. Cuando Sultán ladraba se escuchaba el aleteo de unos pájaros que desplegaban sus alas rápidamente y volvían a aterrizar en otro lado; el perro continuaba ladrando, descansaba por ratos, cogía fuerzas para volver con sus sonidos de angustia y el aleteo de las aves también volvían a aparecer.
            Cuando los hombres estuvieron cerca, sintieron un hedor en el viento, se detuvieron para taparse con un trapo sus narices; sintieron la cercanía del perro y la lucha que tenía con otros animales; los separaba unos matorrales, un árbol de naranjas, grande, lleno de frutos amarillos que se caían en busca de la muerte cuando maduraban, también había un cerco de caña brava que tapaba la visión desde afuera del lugar.
Cuando se acercaron, el olor fue mucho más fétido, una imagen violenta y pestilente de la muerte apareció ante sus ojos; colgaba en el madero del naranjo un lazo, que templaba sus hilachas, sujetando el cuello de un cadáver, era don Elso, estaba ahorcado; su cuerpo se balanceaba en círculos, de un lado a otro, en un vaivén de silencios, impulsado por los gallinazos que carroñaban la piel, mientras Sultán, en su desespero, intentaba ahuyentar a las aves negras que se comían por pedazos a su dueño. 


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