viernes, 27 de noviembre de 2015

EL DIABLO EN LA SALA


De repente sentí la necesidad de invocar una fuerza más poderosa que mi corazón para conquistarla, sin saber en qué me metía, mi alma se nubló de resentimientos y dolores ajenos al amor, y lo invoqué. Ayúdame a conquistarla, y déjame quererla, porque sin ella no hay vida en la tierra, ni menos cortejo en la sala, le dije—. Invocando la presencia de ese misterioso poder de inframundo, más soberbio que cualquier sentimiento humano. Me arriesgué a entrar en ese oscurantismo al que dicen todos no se debe molestar. De la nada y sentado en el canapé de mi sala, un diablo de color rojo, con unos cuernos de becerro herido y un rabo moribundo de morueco hediondo, apareció en la mitad de mi casa; un delgado y fino bigote adornaba su cara, que se desfiguraba cuando se reía; sus cejas también finas y pobladas completaban su enigmático rostro; su mirada se transformaba en una irónica imitación de caballero errante; saco, chaleco y corbatín, unos zapatos de charol con un cuero lustroso que daba un brillo mágico a la noche; tenía un bastón negro con una calavera de borrego en la punta que al parecer lo acompañaba en cada paso que daba. Se paró y caminó de un lado a otro dejando entre el polvo de la estera el olor a infierno, un azufre verde y amarillo que se internaba entre mis fosas nasales y respiraban con angustia las palabras mal entonadas que invocaron su presencia.
Mi nombre es Gérico, más conocido como “el diablo”, Lucifer, “Satanás”, “demonio” “Belcebú”, “Mefistófeles”, “Luzbel” o cómo quieras llamarme sentenció en un acento extraño, con palabras pausadas pero que determinaban en su hablar la autoridad del averno de donde venía.
    ¿Por qué me has invocado? Preguntó. Deslizó suavemente su cola entre la silla y dejó caer su capa negra entre el espaldar del asiento, cruzó las piernas, me miró fijamente a los ojos y sonrió.
Parece que sufres un mal que solo se cura con la desgracia, para eso no tengo el remedio; pero dime si me equivoco, ¿por qué has necesitado de mis servicios?
Temblando por mi vida y a sabiendas que tratar con el diablo es quizás una sentencia anticipada, respiré profundo, tomé fuerzas de moribundo y expulsé unas palabras de angustia que destilaban un sabor agrio revuelto con azufre.
    ¿Quieres tomar algo? le dije.
Muy amable de tu parte. ¿Tendrás por casualidad un vino tinto?
Asustado busqué el último sorbete de sidra que permanecía en un totumo viejo, almacenado en la buhardilla, lo serví en la primera jícara que encontré, y temblando de miedo me acerqué y le pasé el recipiente.
Gracias.
Tomó un primer sorbo, lo detuvo en su boca unos segundos y como si hubiera probado las amarguras de mi dolor, hizo un gesto diabólico, enrojeció sus ojos, doblegó sus mejillas, ciñó sus cejas, arrugó su frente y lo escupió en mis pies.
Se necesitan agallas para invocarme, pero más agallas se necesitan para servirme un vino tan horrible. Espero que tu necesidad sea mejor que esa inmundicia que me has servido. 
No sabía qué hacer por la amenaza recibida, dejé que rezongara por el vino y esperé sentado al frente de él, con los codos en mis piernas, las manos sosteniendo mi cara y preocupado por lo que seguía.
Tengo mal de amores, la chola de mi corazón, no hace caso a mis quereres, y aunque mis versos le imploran amor, ella no deja que la corteje, y entre canción y lamento, me dice que no la moleste más, que le deje tranquila y que me olvide para siempre de ella.
Con un gesto de preocupación caminando de lado a lado, su puño aferrado al bastón detrás de la espalda y con la otra mano sostenía su mentón, persuadido por el pensamiento y con cierta preocupación se detuvo.
Será acaso que enamorada está de otro engendro, o eres un esperpento y la doncella de quien hablas no sabe cómo decirlo.
Eran dos opciones que no había considerado, pero que sin duda me habían puesto a pensar detenidamente en ese corazón destinado a amar, pero que no devolvía los ronroneos de cariño que yo le ofrecía a cada instante. La segunda opción me había traumado un poco más. Pero que ¡Diablo tan maniobrero!, dirigía los hilos de mis sentimientos a la fealdad de mi naturaleza; quizás mi cara desgarbada, un poco plana, con los ojos cubiertos por la oscuridad de mis ojeras, mi nariz puntiaguda, unos bigotes lejanos que poco poblaban mi barbilla, tan larga como mi desdicha, y unas cejas pobladas que se unían la una con la otra en contravía con mis ojos que miraban de sospecha a diferentes lados. Sí, era casi tan feo como el Diablo, viéndolo bien, era más feo que el propio Diablo. Pero en amores y en quebrantos no hay belleza más limpia que la del corazón enamorado y para eso yo era el mejor; a favor tenía mis versos, sonetos frágiles que llegaban al corazón del mismo amor, y eran esas palabras que adornaban mis fragmentos las que ilusionaban mi deseo de vivir al lado de mi chola querida, porque sin duda no era admiradora de mi extraviada hermosura, pero mis palabras escritas hacían eco en su corazón, así ella lo negara, o por lo menos eso era lo que pensaba hasta entonces.

La noche transcurría despacio, tranquila y serena, el Diablo era dueño del tiempo y de la oscuridad, buscaba pausadamente y con sutileza cada palabra a decir, sin herir mis quebrantos y sin ofender lo rústico que había en mi rostro, no dejó de hablarme en toda la noche. Finalmente se detuvo y dijo.
Pienso ayudarte, y ver si la chola se enamora de ti, debes prometer algo a cambio: todas las noches en las que dure mi labor, dejarás una copa del mejor vino en la mesa de tu sala, y sin importar lo que escuches, nunca saldrás de tu cuarto a ver qué sucede. Si la curiosidad impide que cumplas el trato, nuestro acuerdo se romperá y tu alma me pertenecerá inmediatamente, además el amor de tus quebrantos jamás volverás a ver.
Era un pedido no muy fácil de cumplir, conociendo quien es el Diablo, de raro no tenía nada que me estuviera jugando una de sus trampas oscuras, donde claramente mi alma estaba en juego. Por otro lado, el respirar agitado de mi corazón decía que era la única opción que tenía para conquistar a la Carmelita de mis amores; el amor me impulsaba al riesgo de la muerte, y mi alma temblaba al saber que por culpa de un sentimiento, al infierno iría a parar. Antes de contestarle me apresuré en su sentencia y le pregunté. “Belcebú”, ¿te has enamorado alguna vez?—. Y sorprendido por tan intrépida consulta, me miró de reojo, sonrío obligado y expulsó en medio de un aliento de desilusión, una respuesta no como la esperaba.
El amor es para los débiles. ¡Y yo no soy de esos!
Pensé que escondía algo en sus sentimientos, porque temblaba de rabia cuando pronunciaba esas palabras.
He tratado de no recordar su nombre, sin alma ha sido el karma de mis amores, aunque no he querido reconocerlo, el ángel que devora mis pesares se llamó “Nina”, la mujer que acompañó durante siglos mi existencia. Pero la eternidad del infierno hace que las almas vaguen entre la nostalgia, que el amor naufrague entre la tristeza y la desilusión del olvido—. ¿Pero déjate de tonterías y dime aceptas mi propuesta?
Sentí cómo el calor del fuego recorría mi sangre, y de colores surcaban mis dudas, sin mayor arrepentimiento, ni culpa, le expresé mis intenciones.
Si te conformas con el buen chapíl mezclado con uvas que germinan en este valle del alto, y que se produce en esta vieja comarca; poco vino tinto que se esfuma entre los pilches y se comparte entre compadres en el carnaval, y te tomas sin remilgar noche tras noche el vaso que te dejaré en la mesa, entonces pondré mis problemas de amoríos en tus manos.

Así fue, el paisano que había invocado mi presencia, un cholo, pastor solitario, harapiento y tristón, aceptó mi trato. Y yo, como buen Diablo tenía el surco en mi azadón, esperando que caiga en mis trampas para robarle de su corazón el alma, y quizás de paso llevarme al infierno también a su doncella, que seguro será alguna cholita, ‹‹paisana de faldas anchas, viejas y coloridas, sin ninguna gracia.

La primera noche en la que el paisano dejó el vino en la mesa de la sala, le dejó también el retrato que el diablo le había pedido, una fotografía de la mujer a la cual tenía que implorar el consuelo de su corazón y convencerla de la buena voluntad de don Ángel, esa sería su tarea. Cuando levantó el pilche lleno de vino espumoso y ferviente, con olor seco, a chapíl destilado entre cañas y azucares amargos, sintió el primer sorbo tan insipiente como aquel del anterior encuentro, miró al lado un retrato sobre  la mesa, lo levantó para observarlo con detalle sin pensar qué encontrarían sus visiones. Ahí estaba, era ella, estática y tranquila, arrogante y dulce su mirada; alumbraba la tierra en el color de su piel, sus mejillas se enrojecían por el viento que la besaba, sus enormes ojos, ¡negros y brillantes!, resplandecían en medio de un blanco transparente que sostenía su mirada; eran unos ojos de contemplación fija y destinada a mirar el amor. Su nariz llevaba la marca sagrada de sus antepasados, gruesa y corta, donde respiraba las mieles de la ternura, el vapor que dejan las aves en las nubes por la migración de su vuelo y el olor a tierra, cuando los goterones levantan su aroma entre el polvo seco.
Su boca deslizaba entre sus pliegues una suave esencia de cerezas rojas, que brotaban como manzanas prohibidas fruto del canto y la semilla, eran unos labios gruesos de un rojo intenso que se enmarcaban en una sonrisa eterna que apenas se le dibujaba; de sus orejas colgaban unas enredaderas, uno tras otro amontonados, pequeños frutos de la tierra que artesanalmente formaban una sarta de semillas convertidos en aretes, y al final de cada uno de estos elementos que adornaban sus orejas, una pluma blanca en cada lado dejaba al descubierto el cuidado de su belleza; sostenía en sus brazos una hermosa guacamaya de colores, plasmaba el encuentro con otras culturas el azul del cielo en sus plumas se entonaban junto al azul del mar, enseguida unas plumas verdes, del verde que ilumina el monte, el rojo fornido de la sangre, el naranja y amarillo en su pecho, la compañía de un morado se confundía con los demás colores, formando en conjunto un retazo de cielo y arcoíris que constituían el colorido del ave y el cueche de sus ilusiones; la guacamaya se conjugaba con la belleza de la mujer, una doncella que llevaba un vestido lleno de matices, en cada hilo trenzado se confundía el lindero de la fantasía y la realidad. La adornaba un sombrero mágico lleno de tejidos indios, donde cada mano nativa dejaba impregnada la huella de un pueblo y la gama de una tierra. La mujer que el diablo observaba en ese retrato, era la belleza en carne viva, era la paciencia y la tranquilidad plasmada en arte.

El diablo quedó sin aliento, y el vino tomó un nuevo color, un nuevo matiz, un nuevo sabor, su textura cambió y fue un sorbo tan placentero que pensó que era el vino de los frutos silvestres pisado por querubines del mismo cielo. Bebió un sorbo y comprendió que esa sensación de paz celestial no estaba en el infierno, y que seguramente al contemplar la belleza de la mujer que poblaba el cerro del alto, estaba encontrando el camino hacia el infinito del afecto. Los serafines del amor habían atravesado sus flechas en la textura de su infernal pecho, y estaba enamorándose de esa mujer ajena, a la cual por obligación tenía que encaminar hacia el destino amoroso de don Ángel, el paisano que de reojo observaba desde su habitación las fariseas gesticulaciones que en el rostro del diablo se destellaban.

Bebí sin parar todo el vino empozado en ese totumo de la tierra, pilche a pilche, sacudí hasta la última gota, hasta que la noche sumergió entre las nubes su agitado páramo y se perdió entre las montañas con un sol crepuscular que iluminó la casa por completo, decidí irme a descansar. Me fui de la sala con esa imagen que me alejaba de la realidad y no me dejaba tranquilo el pensamiento; me acosté pensando en ella, en sus ojos, en sus enormes ojos, en su bonito rostro, en sus delicadas manos que sostenían una hermosa guacamaya de colores. Así seguí reconstruyendo ese retrato único que recogí de la mesa y escondí en el bolsillo de mi chaqueta, hasta que me quedé dormido por completo. De repente me desperté en medio de un sueño, una fantasía no ordinaria, “yo” el propio diablo, deambulaba entre los caminos de tinieblas siguiéndola en el afán de alcanzar su corazón, caminaba entre las piedras y el fango de mis miedos, ella fugaz y ligera se escondía de mí. El desespero se apoderó de mis sentidos. ¿Cuándo “el diablo” estaría metido en problemas de amores?, y más por una campesina de colores que se endiablaba en mis sueños. Ella con sus polleras radiantes, cubierta su cabeza de unos aladares negros y lisos, cabellos tan finos, cercanos al linaje ancestral de Mamá Ocllo; sus trenzas negras entre mares y esperanzas inundaban mi sosiego respirar, que a pesar de mis inmortales poderes era incapaz de alcanzar su huida.
Desperté de golpe y pensando en ella, en ese momento tomé la decisión definitiva. A mi querido amigo don Ángel, tendría que jugarle una partida de traición y conquistar el corazón de la hermosa mujer retratada en ese papel de plata. A las  cartas que mi buen pastor le ha enviado a su amada, les cambiaré el nombre y este intermediario se convertirá en un elegante caballero que desfila por los linderos del afecto, buscando que en el sueño eterno me acompañe para siempre una paisana de colores, en este último intento por dominar las miserias de eso que llaman amor.

Amanecen los días y terminan las tardes, este diablo mentiroso no muestra resultados en lo pactado, en cambio yo sí le he dejado todas las noches el vino más fino que he podido conseguir por estos lugares, al que me había comprometido, aunque a veces mezclado con hojas de anís.
¡Faltaba no más ahora! la chola de mis ilusiones me ha dicho en una carta que no la busque más, un nuevo pretendiente ha enredado sus plegarias, y con cantores lejanos le ha endulzado sus oídos y le ha revoleteado en su pensar. Qué hago, ¡tendrías que ayudarme Lucifer! y explicarme por qué en este tiempo que mi sala huele a azufre, no he tenido respuesta alguna a mis suplicas de amor. ¿Qué ha pasado con las epístolas que le envíe a la Carmela?, esos versos que eran los retazos de mi corazón plasmados en letras, en ellos solo decía cuanto la amaba. Qué has hecho con esos versos tristones que solo han servido para fatigar mi angustia, qué has hecho en este valle de melancolía, con las súplicas de amor que mi fatigado corazón exigían al destino...
Me animé a salir del cuarto, observé que el diablo había entonado su paladar y estaba derrotado en el sofá, tendido de borrachera, como un palomo bajado al carnaval, se había tomado tres totumos de ese vino que despreciaba tanto. Su cólera se enredaba entre la cola y las patas, sus cuernos revelaban en la noche el filo de sus punzadas; roncando con ganas, balbuceaba y entre dormido hablaba. En un sueño profundo manoteaba cualesquier sinsentido de dolores, el amor retumbaba las quimeras del diablo y parecía dolerle tanto como a mí. Despacio caminé sin hacer ningún ruido, parecía que la borrachera dejaba al diablo sin ningún poder, no me sentía caminar. Mis pasos configuraban un deseo, descubrir en qué diablos estaba metido. Quería salir corriendo del miedo, pero sumergido en un sinsabor por descubrir ¿qué hacía el diablo en mi casa todas las noches en un sillón viejo tomando vino, mirando aquel retrato guardado, hablando solo, borrando y tiñendo con nueva tinta las hojas del viento en donde plasmé mis lamentos?
Mientras me acerco, el sobresalto de mi cuerpo ante sus movimientos, deja percibir el miedo que le tengo, pienso también que cualquier ruido iba a despertarlo, pero tan profundo estaba que incluso le pisé la cola y no sintió mis alpargatas gastadas por las andanzas del camino. Cuanto más me acercaba, él en su agonía descansaba entre las tinieblas de un profundo sueño.
En la mesa había un reguero de cartas, todas escritas a mano, con tinta negra. Eran hojas blancas llenas de ilusiones y pensamientos, escritas con la frescura de la sangre que se derrama por el cálamo de las ilusiones. Fantásticas letras como hormiguitas, organizadas una a una, buscando que cada rima cuadre con el tiempo y la desgracia de un amor, formaban trechos infinitos en un destino de malos amores, una a una caminaban esperando al final componer la prosa para la amada, y entre todas esas figuras delirantes, se leía claramente con letras sublimes el destinatario; un nombre raro, proveniente de lo hondo del inframundo, ¡Gérico!
Yo alzaba una y otra carta, no podía creer lo que mis ojos de manchego leían; eran todas las cartas que yo había escrito, una tras otra se habían enviado a la Carmela, todas con mis palabras, pero ninguna tenía mi nombre; era claro, el diablo había cambiado el seudónimo a mis epístolas. Tramposo y mentiroso me resultaba el diablo, un garitero aprovechado de mi noble pensar, dejaba en ruinas las ilusiones de un labrador solitario, cansado de sufrir. Y había más, a un lado estaban otras, las cartas que la Carmela delirante de contenta por las palabras viejas leídas, pero que con un nuevo nombre albergaban una fresca ilusión. Describía entre línea y línea cada noche del maíz que pasaba soñando por su nuevo amor. Me entristecía el alma, saber que ella a mi amor no le daba crédito, se había burlado siempre de mis palabras; me confundía saber que esas mismas letras, transformaban su corazón en la enamorada creciente que siempre quise. Pero era evidente, amaba al diablo, a un ser poderoso que le podía ofrecer algo más que un buen amor; no me quería a mí, un pongo cantor, poeta y olvidado que solo retumba los ecos del corazón de peña en peña, de tulpa en tulpa, con amargos guarapos campesinos. Me consideraba un solitario conquistador y aventurero, enamorado de las cholas y que ni siquiera era un buen trabajador. ¡Así me trataba!
Las cartas lo decían todo, el maldito diablo, animal de monte, culebrero infame, mentiroso por tradición, embustero bandido, me había mentido todo este tiempo, y engañándome con falacias razones, se había enamorado de la Carmela, por lo menos eso hablaban mis cartas que utilizaba con su nombre. Un simple seudónimo cambiaba el curso de mi vida, la rabia se apoderó de mi mente en busca de mi venganza, quise actuar sin sentimientos y descuartizar su sonrisa; las puertas del infierno se abrieron en mi alma, olvidándome del paraíso infinito que sentía al observar la imagen eterna de mi amada. Ellos ahora culpables de la desgracia que se acerca, provocaron en mi corazón entristecido la rabia de mis brazos, saqué mi alfanje y afilado el destino de su sable, puño en mano al infierno, me dispuse a cortar en dos la cabeza de la bestia. Alcé mis brazos sosteniendo el machete de cortar caña brava que me acompañaba siempre, cuando impulsado por la rabia de la traición, quise rebanar la garganta del mismo Satanás. Alzase la mirada distraída el diablo, sin pausar en su descanso, sin mitigar susto, me dijo.
Te has dado cuenta de lo que hace ese amor en tu vida, no eres correspondido y sin embargo pretendes quitar la vida ¡del propio diablo! Ahí está tu sufrimiento, una chola disfrazada de caridad, que encantó tu corazón sin sonrisas y despreció tu bondad, demostró que ante el mejor pastor rebañará como oveja en pastal nuevo. Sabes que no te quiere, que no te quiso y que no te querrá; pues aunque tus palabras le gustan, tu noble corazón desprecia.
Soy el diablo, por la difícil tarea que me has dado. No puedo lograr que alguien ame a la fuerza, ¿y por eso soy malo?, te he mostrado el camino al infierno, el mismo amor es un infierno, pero en ese camino te has dado cuenta que solo tú abres las puertas del tártaro. Tu alma me pertenece por haber irrumpido en la sala ¿Pero de que me sirve una alma herida?, una alma que no tiene salvación y pagará su pena entre los vivos. Olvídate de todo, de la apuesta y de ese amor, busca un nuevo camino, apaga esa amargura, limpia tu alma, tu rabia y tu corazón, recuerda que la maldad la llevamos todos, decide no abrirle las puertas al infierno.
Quedé quieto ante sus palabras, bajé el arma de la venganza y descubrí las intenciones del diablo. Me sentí tranquilo y curado para siempre. Cuando abrí los ojos ya no estaba. Se perdió entre la noche, no supe más de él, ni de ella. Dejé de escribirle, entendí que el diablo nunca estuvo enamorado, simplemente me hizo razonar Le gustan mis palabras y no mi corazón eso fue lo único que dijo, un diablo en la sala, en mi corazón un silencio eterno para ella.

viernes, 6 de noviembre de 2015

LA BICICLETA, una compañera del mundo.

Por: Jorge Mauricio Carmona López

Mi profesor de literatura Hernando Urriago, ciclista de travesías largas,  me dijo: “después de que uno se sube en una cicla, no se quiere bajar jamás”.

Compré una cicla por una razón, necesitaba urgentemente volver a realizar actividad física, el sedentarismo se estaba apoderando de mi rutina. Pensando en esta necesidad comencé a recorrer las calles de Cali en medio del tráfico, a manejar entre la jauría andante en que se convierte la manada de carros que transitan por las vías inmensas de la ciudad.
            Al comienzo, alcanzar ciertas distancias (para mi extensas) era una proeza, sin embargo, poco a poco fui ampliando mi horizonte en cada pedalazo y comencé a ver lo lejos que está un ciclista del límite; salir de la ciudad hacia rumbos desconocidos significaba para mí la verdadera experiencia de montar cicla.
Llegué a Cali hace 15 años, y después de tanto tiempo conociendo el Valle del Cauca, no había disfrutado tanto esta tierra maravillosa como en este último año. He subido la montaña “de este extenso plan” como si fuera la última vez, cada que llego con mi cicla a la cima, he dejado atrás incontables metros de paisaje, parajes que en ningún otro transporte se me hubiera ocurrido visitar, he descubierto la humildad de la carretera, la amabilidad del campo, la tranquilidad del verde extenso de los árboles, el eterno respiro de la cascada cuando cae angustiada a su muerte, luego renace impredecible convertida en ríos de vida; el polvo, las piedras, el barro, la inquietante sensación de miedo ante la mirada furibunda de los perros, ellos le ladran al caucho que rueda y que les quita su tranquilidad. La notable sonrisa de los niños cuando saludan al desconocido que se esfuerza para llegar a la meta en su máquina de aluminio; el olor del campo, esa fragancia que se extiende entre la cordillera y busca que la montaña no sea contaminada por los gases del mundo.
Encontré montado mi bicicleta: la buena gente, la humildad de quien madruga a caminar sus laderas, ellos comparten la travesía sin afanes, no le tiran al ciclista el ganado o la recua que llevan, comparten el camino con el peregrino viajero, saben que nadie hace daño si va en dos ruedas. Encontré un paraíso, cada metro que avanzo, llena de alegría mi vida; las cosas simples dan más felicidad que las complejas propuestas de las metrópolis. Encontré en mi cicla la compañía del mundo.
He tenido la valiosa oportunidad de conocer la amistad en torno a una afición, amigos de un día, que nunca más he vuelto a ver, pero que me han dejado de regalo una nueva ruta para seguir. Encontré los modos para lidiar con el sufrimiento físico, no lo he vencido, porque cada salida vuelve a parecer un nuevo comienzo; después de terminar una cumbre levanto la mirada y el camino, solo muestra una nueva trocha hacia el cielo, más empinada que la anterior, he tenido la tentación de regresar, de recoger la huella y olvidarme de la agonía en cada paso que se da sobre los pedales, pero el sortilegio de cada lugar, la convicción de alcanzar la meta y el pánico a regresar sin haber cumplido, me dan un último impulso para llegar.
La bicicleta se ha convertido en este último año en el mejor de los transportes, independientemente a donde vaya, el lugar siempre será cercano y lleno de incertidumbres.