viernes, 25 de septiembre de 2015

Mi banda sonora… un pasatiempo de la vida

Por Jorge Mauricio Carmona Lopez

Desde hace muchos años vengo escuchando un programa llamado “Mi banda sonora” de Caracol radio. En este programa se invita a personajes importantes de la vida pública, ―actores, periodistas, músicos, humoristas, empresarios, etc.― gente que ha brillado con luz propia en el país. Durante un espacio de más de dos horas los sábados y domingos, cada invitado evoca los mejores recuerdos de su trayectoria a través de la música; el personaje debe elegir solamente 20 de las mejores canciones que ha escuchado en su vida, las que de alguna forma han acompañado los éxitos y las derrotas del camino. Se resume en 20 interpretaciones los recuerdos de la memoria, los más relevantes y significativos en la tarea de vivir. La entrevista muestra las bondades de la vida, las alegrías, tristezas y diferentes sucesos que cambian el destino de algún individuo.  Faciolince (2006) dice, “nuestra felicidad está siempre en un equilibrio peligroso, inestable, a punto de resbalar por un precipicio de desolación” (p.147). Vivir implica, ―estando preparado o no― enfrentarse a la incertidumbre de los cambios, lo que implica un nuevo reto, una nueva oportunidad de volver a respirar y comenzar a cultivar un mejor camino.
            Lo que hoy quiero escribir es un fragmento de mi banda sonora, algunas canciones que han tenido un sentido de vida a través de la sonoridad de los instrumentos que llevan un pueblo entero en sus sonidos. Haciendo alusión al programa Mi banda sonora, daré forma mediante las letras a algunos de los momentos grabados en los recuerdos de mi memoria junto a la música.
            La primera canción que suena firme en mis recuerdos, se llama “Venceremos” en la interpretación del grupo chileno Inti-illimani, esta canción que la agrupación chilena hizo en el año 1973, lleva un mensaje de libertad y justicia; la vine a escuchar en los años noventa en un casete de cinta, viejo pero majestuoso, que un gran amigo luego me pidió prestado y nunca más me devolvió; se escuchaban frases de resistencia, “Venceremos, venceremos, mil cadenas habrá que romper”, que yo todavía no entendía, en medio de una melodía que desafiaba a los estados, un canto de rabia ante la represión de la dictadura de Pinochet. Me llamaba mucho la atención el sonido de esas voces que susurraban un pensamiento latinoamericano; me acercó directamente a la música, el charango, la guitarra, y en especial las zampoñas[1], que los Inti illimani[2] interpretaban me hicieron rogar en la casa para que me compraran unas. A un amigo en la primera comunión le regalaron un instrumento de viento llamado malta[3] él me lo prestó y comenzó un largo trayecto en la interpretación de la música andina latinoamericana. A mi amigo nunca le devolví el instrumento, le di un buen uso.
            En el transcurso de la vida uno va escuchando toda clase de melodías, finalmente se elige un género del que nos volvemos fanáticos, entonces se comienza a preferir las canciones que llenan los sentimientos con emociones indescriptibles, sensaciones de alcanzar mundos imaginarios posibles a través de los sonidos diáfanos que descargan todas las canciones agrestes de las que nos enamoramos. Cuando tenía como 17 años, escuché Mi valle del Cauca, del grupo Niche, una hermosa canción que hace honores a esta maravillosa planicie en donde he vivido los últimos 15 años, la forma como se nombra a todos los municipios vallecaucanos es maravillosa, Jairo Varela (q.e.p.d.) mediante la música va hilando cada pedazo de tierra en una sarta de sensaciones, hasta descubrir en cada letra de su canción un departamento lleno de sorpresas; su olor a café, ese aroma exquisito que une al mundo en las mañanas y su sabor a dulce de caña, permiten que este lugar no se olvide fácilmente. Así es la música, une los corazones cuando el ritmo de una tonada llega hasta lo profundo del alma y despierta esos recuerdos escondidos.
            En el 2005, mi familia tuvo una gran pérdida. Se fue para siempre uno de los pilares de nuestro hogar, mi tío Alberto murió sin poder dedicarnos las últimas sonrisas que guardaba en su corazón, en adelante nada volvería a ser igual. En todos los rincones de la casa se ha notado su ausencia, el dolor infinito de su partida sembró cierta desilusión a la que con el tiempo nos hemos acostumbrado, pero que nunca nadie se resignará. En ese año, la agrupación del folklore chileno Inti illimani, hizo el lanzamiento de su álbum Mi pequeño mundo, el día que compré el disco, distribuido en Colombia por, escuché una y otra vez la canción Porteña, la letra del maestro Daniel Cantillana me transportaba a un reencuentro con mi tierra, la que había dejado atrás para buscar mis estudios universitarios. En esa semana me llamaron de la casa y me informaron que mi tío había fallecido; con él se fueron muchas oportunidades de vida, viajó cansado de haber luchado contra una enfermedad triste, como todas. Él, paso a paso comprendió que no había nada que hacer, solamente ir muriendo de a pocos. Y cada que escucho las notas de esta canción me acuerdo del 2005 como el año que todo cambio para siempre, y de largas despedidas en terminales incansables.
            En el claro de la luna, del maestro Silvio Rodríguez, me había graduado de la universidad, comencé a trabajar en el año del 2006 como docente. En temporada de vacaciones viajaba a visitar a mi familia y a mis amigos, en La Llanada Nariño, ahí formamos un grupo de amigos, con quienes comenzamos a compartir ideas y pensamientos de izquierda anclados a pasados gloriosos de Latinoamérica, el “Che” Guevara, José Martí, Retamar, Pablo Neruda, Quilapayún, León Gieco, artistas vinculados con los procesos revolucionarios vividos en los países vecinos, eran los intelectuales que admirábamos y queríamos tener de cerca, gente que ha proclamado libertad incluso desde su exilio.
Para el bicentenario del vecino país del Ecuador, Silvio Rodríguez ofreció un recital gratuito para celebrar la fiesta patria, el cubano se iba a presentar en el estadio Modelo Alberto Spencer, en la ciudad de Guayaquil. Para ese concierto reunimos algo de dinero y con unos amigos viajamos rumbo al evento que reunió a más de cuarenta mil personas, de distintos lugares de Latinoamérica, claramente su mayoría ecuatorianos. El recital duró más de tres horas. La sensación de amistad, hermandad, patria, unión y fraternidad que se vivió en ese recinto es algo digno de recordar. Buenos amigos he tenido, la vida me ha dado la oportunidad de conocer a muchas personas que dedican el tiempo necesario para escuchar o hacer música, teniendo la capacidad y la sensibilidad necesaria en sus sentidos para descubrir la naturaleza que habita en cada melodía. Solo la gente que está dispuesta durante horas a escuchar una cantata sin parpadear y acelerando su corazón sabe de la importancia de la música en la humanidad. Silvio Rodríguez, comenzó su recital con la canción en el claro de la luna, la felicidad de la noche estaba garantizada por la actitud del artista y la disposición del público. Un viaje inolvidable, la playa, el buen licor, la buena música y los inagotables amigos.
Voy pensando en que escribir mientras escucho las canciones, y llego a esta bonita canción de Noel Nicola, Ámame así como soy. En el 2010 esta interpretación se volvió fundamental, algo así como un soporte en el camino… conocí a una gran persona que me ha permitido aprender de ella y saber las bondades de la buena compañía. Aunque el tiempo y las circunstancias son difíciles, hemos seguido acertando en cada letra plasmada en la melodía de Nicola; revalidando en el amor la nostalgia de las separaciones, la tristeza de los vacíos y la valentía de los seres humanos que creen en la dignidad, el respeto, la comprensión y los valores que hacen la diferencia entre los ciudadanos.
Cierro los ojos y recuerdo la imagen intacta, ―esa que ha permanecido sin moverse desde el año 2011― en una sala de velación improvisada mucha gente acompaña un dolor que se había prolongado durante varios días, el último tramo de angustia espera su recorrido. La tradición dice: sacar el féretro de la casa, alzar al hombro los recuerdos inmóviles en un cajón de madera, un corto desfile hasta la iglesia, una ceremonia de despedida y una última peregrinación hasta el cementerio para llorar el entierro y despedir para siempre a un ser querido. El recuerdo se afirma cuando escuchó Las acacias, la canción que inmortalizó Garzón y Collazos; la nostalgia de un momento trascendental en mi vida, se iba la señora abuela que me había dado todo su ser para que viviera tranquilo en esta vida, enseñándome tantos valores para enfrentarme al destino; mientras mi madre y mis tíos lloraban, yo me mantenía en silencio aferrado al ataúd, tocando el madero ardiente que brillaba reluciente ante la muerte, mientras que en el último rincón de la casa, sonaban Las acacias, las voces del trío del maestro Omar Meneses partían el resto de alma que nos quedaba, “se cerraron para siempre sus ventanas”,  decían las voces de la agrupación, y el dolor se prolongaba por las venas como gasolina por las llamas, nos sacudió los sentidos y nos dejó una herida profunda que cicatriza con los días, pero que jamás se borrará.
Y para no alargar más mi banda sonora, que seguramente como la de todos, puede durar mucho tiempo, termino con dos canciones, la primera una interpretación de julio un indígena Cofán, que conocí en el 2014, en el bajo Putumayo, en una noche de ceremonia con los mayores de la comunidad, interpretó una hermosa melodía en lengua a’ingae, acompañado de su guitarra y en un ritmo llanero, no está en youtube, ni en ningún portal, pero que melodía tan importante, esa canción que está viva en mis recuerdos, porque permitió el encuentro con una comunidad nativa, a la que respeto y apoyo con total gratitud. Los cofanes hacen parte de mi vida, me han permitido evolucionar como persona.
Ya estos últimos tiempos los sonidos se han alterado en el gusto musical, después de largos años escuchando músicas del mundo, he tenido la oportunidad, gracias a la tecnología, de acercarme a los sonidos profundos y confusos de la música árabe, el maestro tunecino Anouar Brahem, un versado del laud árabe, combina sus tradiciones culturales con el jazz; este importante personaje del mundo musical se ha presentado en diversos escenarios del mundo, promoviendo algo valioso en cada rincón del planeta, el respeto por la diversidad y por los saberes de cada cultura, algo que deberíamos practicar todos, para comenzar desde nuestra propia valía a tolerar los espacios y contextos que son diferentes o diversos a los nuestros. Cuando aprendamos a valorar cada uno al otro, diremos que hemos evolucionado como seres humanos, de lo contrario seguiremos ahogándonos en los egoísmos multicolores en que vivimos sumergidos.  Qaws, una hermosa tonada interpretada por Anouar Brahem trio, quienes mediante los sonidos del desierto dejan percibir un diálogo distante entre las arenas del oriente y los vientos que llevan el polvo a la fecundidad de la selva. Cada sonido me dice el acierto en las notas, la elegancia de las posiciones de las manos y las sensaciones de satisfacción que siente el músico en su interpretación.
Mientras cierro los ojos y me dejo llevar por todos los sonidos, seguiré afirmando que la música es el motor del mundo.




Referencias


Abad Faciolince, Héctor (2006). El olvido que seremos. España: grupo planeta.



[1] La zampoña es un instrumento de viento compuesto de varios tubos ahuecados por un extremo y cerrados por el otro, dispuestos en forma vertical en una o dos hileras, todos de distintas longitudes y diámetros, lo que determina el sonido de cada uno al ser soplado por el ejecutor.
[2] Inti illimani, de la lengua Quechua, significa sol de la montaña
[3] Instrumento de viento, de 21 tubos, de la familia de las zampoñas.

viernes, 18 de septiembre de 2015

El lago de Epecuén

Por Jorge Mauricio Carmona López

“En 1985 llegaron las lluvias. El agua del lago llegó sobre las calles. La ciudad estaba bajo el agua y con el tiempo fue olvidada (…)”. Pablo Novak, (2013), documental Epecuén.

Salía todas las mañanas a esperar a que el lago llegara al frente de su casa, no se cansaba de imaginar ese momento; el fragmento de su sueño tenía siempre la misma sensación.
―Cuándo llegará el agua del lago al patio de mi casa― decía.
―Quizás algún día hijo― le contestaba su madre, e inmediatamente transformaba su rostro, sus ojos se nublaban, las mejillas intentaban detener las trasparentes lágrimas que caían ante la fatigada sensación de miedo.
            El niño insistía todos los días, repetía tantas veces como quería, la misma retahíla; en sus juegos imaginarios se iluminaba su sonrisa inagotable, una isla en miniatura, un barquito de papel y el agua del lago que se tambaleaba de un lugar a otro en el patio de su diminuta casa de cartón. Tardes eternas rogando al cielo, desde su inocencia que el lago llegue hasta el patio de su vivienda.
―¡Se informa a toda la comunidad estar listos para la evacuación!, pronto llegará el transporte―. Anunciaron los altos parlantes de la isla.
            Nadie lo podía creer, toda una vida en comunidad, la armonía de la gente por tantas primaveras vividas estaba en peligro de hundirse, las flores de los jardines a punto de convertirse en cenizas del viento, el ruido en las mañanas por las aves migratorias a horas de silenciarse; los veranos y sus turistas, la fotografía de su puerto, de su gente, todo había que dejarlo. Se acababa la vida de todo un pueblo.
            Cuando la noche inquietó con una lluvia eterna, todos comenzaron a reunir sus cosas en una maleta. Sabían que ya no había un nuevo mañana, y comenzó la travesía hacía otro lugar en busca de un nuevo amanecer; largas despedidas, la tristeza de todos que dejaban su alma entre la lluvia, se prolongaba en extensos abrazos que no se volverían a repetir, sus lágrimas no cesaban y ayudaban a inundar la sala de sus casas: vecinos, amigos, familiares, vendedores, niños, gobierno, policía, todos abandonaban para siempre la isla.
Los niveles de agua crecieron de forma alarmante, llegaron a todos los rincones de la isla, el líquido del lago ingresó en los patios de las casas, entró por cada puerta que encontró, cerrada o abierta, siguió por escaleras, sótanos, segundos pisos, balcones, todo se inundó. Poco a poco el agua se fue tragando la tierra, hasta desaparecerla.
 ―Mamá, yo quería que el agua llegara al patio, pero no quería que nos  dejara sin casa.
Muchos años después el agua se ha retirado de la antigua isla Villa Epecuén, provincia de Buenos Aires Argentina, solo queda un habitante, Pablo Novak se negó a dejar su hogar cuando se dio lo de la inundación, siguió sobreviviendo en medio de los escombros que han flotado durante largos días y noches buscando tierra firme para descansar. Después de que el agua del lago se retiró, la ciudad emergió desde el fondo; solo quedan los árboles secos y las ruinas de los barrios, de lo que seguramente fue una hermosa ciudad, en los patios de las casas el monte ha crecido a su modo; las fotografías tomadas por  nuevos turistas, muestran las ruinas de una localidad que floreció en 1921 y que en 1985 tuvo que naufragar obligada por la naturaleza.
En las noches las estrellas iluminan todos los viejos caminos, la soledad, de una tierra que fue habitada por la fiesta, deambula entre los rincones de los muros caídos. De píe se mantiene el viejo matadero, se ha negado a sucumbir ante el poder de la naturaleza, una construcción gigante que en medio de tantas cuadras destrozadas, impone su presencia para decirle al mundo que ahí existió vida, aunque ahora solo sea extensas hectáreas de cemento y escombros.
El desértico lugar le deja un mensaje claro a la humanidad, cuando la naturaleza impone su fuerza, no hay ser vivo que sea capaz de detener su marcha.





Referencias

Youtube, (2010). Estatuas de sal, Documental Epecuén. Rescatado de: https://www.youtube.com/watch?v=CdA4hbgaeZc

Macaskill, Danny. (2014). Epecuén. Rescatado de: https://www.youtube.com/watch?v=PiF5HHkHvX0