Por
Jorge Mauricio Carmona López
“En
1985 llegaron las lluvias. El agua del lago llegó sobre las calles. La ciudad estaba
bajo el agua y con el tiempo fue olvidada (…)”. Pablo Novak, (2013), documental
Epecuén.
Salía todas las mañanas a
esperar a que el lago llegara al frente de su casa, no se cansaba de imaginar
ese momento; el fragmento de su sueño tenía siempre la misma sensación.
―Cuándo llegará el agua
del lago al patio de mi casa― decía.
―Quizás algún día hijo― le
contestaba su madre, e inmediatamente transformaba su rostro, sus ojos se
nublaban, las mejillas intentaban detener las trasparentes lágrimas que caían
ante la fatigada sensación de miedo.
El niño insistía todos los días, repetía tantas veces como
quería, la misma retahíla; en sus juegos imaginarios se iluminaba su sonrisa inagotable,
una isla en miniatura, un barquito de papel y el agua del lago que se
tambaleaba de un lugar a otro en el patio de su diminuta casa de cartón. Tardes
eternas rogando al cielo, desde su inocencia que el lago llegue hasta el patio
de su vivienda.
―¡Se informa a toda la
comunidad estar listos para la evacuación!, pronto llegará el transporte―.
Anunciaron los altos parlantes de la isla.
Nadie lo podía creer, toda una vida en comunidad, la
armonía de la gente por tantas primaveras vividas estaba en peligro de hundirse,
las flores de los jardines a punto de convertirse en cenizas del viento, el
ruido en las mañanas por las aves migratorias a horas de silenciarse; los veranos
y sus turistas, la fotografía de su puerto, de su gente, todo había que dejarlo.
Se acababa la vida de todo un pueblo.
Cuando la noche inquietó con una lluvia eterna, todos
comenzaron a reunir sus cosas en una maleta. Sabían que ya no había un nuevo mañana,
y comenzó la travesía hacía otro lugar en busca de un nuevo amanecer; largas
despedidas, la tristeza de todos que dejaban su alma entre la lluvia, se
prolongaba en extensos abrazos que no se volverían a repetir, sus lágrimas no
cesaban y ayudaban a inundar la sala de sus casas: vecinos, amigos, familiares,
vendedores, niños, gobierno, policía, todos abandonaban para siempre la isla.
Los
niveles de agua crecieron de forma alarmante, llegaron a todos los rincones de
la isla, el líquido del lago ingresó en los patios de las casas, entró por cada
puerta que encontró, cerrada o abierta, siguió por escaleras, sótanos, segundos
pisos, balcones, todo se inundó. Poco a poco el agua se fue tragando la tierra,
hasta desaparecerla.
―Mamá, yo quería que el agua llegara al patio,
pero no quería que nos dejara sin casa.
Muchos
años después el agua se ha retirado de la antigua isla Villa Epecuén, provincia
de Buenos Aires Argentina, solo queda un habitante, Pablo Novak se negó a dejar
su hogar cuando se dio lo de la inundación, siguió sobreviviendo en medio de
los escombros que han flotado durante largos días y noches buscando tierra
firme para descansar. Después de que el agua del lago se retiró, la ciudad emergió
desde el fondo; solo quedan los árboles secos y las ruinas de los barrios, de
lo que seguramente fue una hermosa ciudad, en los patios de las casas el monte
ha crecido a su modo; las fotografías tomadas por nuevos turistas, muestran las ruinas de una
localidad que floreció en 1921 y que en 1985 tuvo que naufragar obligada por la
naturaleza.
En
las noches las estrellas iluminan todos los viejos caminos, la soledad, de una
tierra que fue habitada por la fiesta, deambula entre los rincones de los muros
caídos. De píe se mantiene el viejo matadero, se ha negado a sucumbir ante el
poder de la naturaleza, una construcción gigante que en medio de tantas cuadras
destrozadas, impone su presencia para decirle al mundo que ahí existió vida,
aunque ahora solo sea extensas hectáreas de cemento y escombros.
El
desértico lugar le deja un mensaje claro a la humanidad, cuando la naturaleza
impone su fuerza, no hay ser vivo que sea capaz de detener su marcha.
Referencias
Youtube,
(2010). Estatuas de sal, Documental Epecuén.
Rescatado de: https://www.youtube.com/watch?v=CdA4hbgaeZc
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