SULTÁN
Esperanza se dio
cuenta el lunes que Sultán no había llegado a la casa la noche anterior como de
costumbre; no había ladrado en la madrugada, tampoco había asomado su hocico a
la cocina, ni le había movido la cola a nadie, no sabían en dónde estaba. Que
ese día no apareciera en toda la mañana ya era una sorpresa para ella.
―¡Sultán! ―grito Esperanza varias veces, pero nadie
respondió a su llamado― este perro loco en dónde se habrá metido.
El martes tampoco se sintió rastro
alguno, ni de Sultán ni de su dueño, aunque de Elso ‹‹el amo del perro›› poco
se preocupaban. Mantenía siempre fuera de su casa, trabajaba como peón en
fincas cercanas; a veces llegaba borracho, incluso en ocasiones no llegaba. Era
su vida y a los vecinos eso no les incomodaba. Por eso Sultán se volvió uno más
en las casas del “Motilón”, la vereda de diez familias que luchaban contra la
soledad, el tiempo y el abandono estatal, replegados en el campo a la merced
de lo que podía ofrecer la tierra. Sultán siempre fue amable y cariñoso con los
vecinos, quizás por eso en su caridad, le garantizaban siempre un plato de sopa
y arroz, en una u otra casa, la comida siempre estaba segura.
—Buenos días, don Marcial.
—Buenos
días señora Esperanza, ¿sigue preocupada por el perro?
—No ha venido a comer, me parece raro. —Buscó con su
mirada la casa de Elso esperando encontrar el rastro del perro— ya ha de
aparecer, que liebre andará siguiendo; ¿me puede vender unos tomates?
—Claro
doña a Esperanza. No se preocupe, el Sultán ya ha de aparecer.
El
miércoles apareció, llegó caminando, acezando, sus ojos dispersos, con hambre,
fatigado, parecía no haber dormido bien. Movió la cola saludando a todos,
buscando que alguien le mitigue el hambre, con afán. Ladró un par de veces y luego
metió su boca en el plato; comió apresurado una sopa guardada del día anterior.
―¿Dónde
estabas? perro, detrás de qué animal andas ―Dijo la doña, hablándole al Sultán
mientras comía― ¡mira como tienes ese hocico! ¡Qué te habrás tragado!
Sultán
devoró la comida en segundos, levantó la mirada, como esperando algo más.
Cuando sintió que no había otro bocado, salió con afán y se paró frente a la
casa de su dueño. Descansó un rato, durmió un sueño atrasado. Desde las otras casas,
todos miraban al perro, tranquilos de que apareció.
―Volvió el perro, doña Esperanza ―se escuchaban los
gritos desde la distancia de las otras casas, contentos porque nada le había
pasado.
La
señora sonrió, miró al perro echado en la casa de su vecino y se despreocupó.
Más tarde cuando se acordó otra vez de Sultán, quiso encontrarlo echado en el
andén, pero no estaba; otra vez había salido sin comer, con afán. El perro
andaba raro.
Aunque
el viejo Elso prolongaba sus ausencias, siempre aparecía. A pesar de la
indiferencia que él tenía con sus vecinos, ellos se preocuparon. Sultán volvió
en la noche por comida y se desapareció. Al día siguiente estuvo perdido todo
el día, el viernes en la tarde regresó por alimentos, lo notaron agotado.
―Marcial, hace días que no veo a don Elso, ¿le
pasaría algo? ―dijo don Jacinto― no se había perdido tanto tiempo.
―Es cierto, y el perro anda todo raro, se desaparece
por días. Hoy parecía bastante débil. ¿Por qué no lo seguimos? ―insinúo
Marcial― y de paso salimos de duda.
―Sí señor, esté pendiente, cuando el perrito llegue
a comer, me llama y nos vamos detrás.
Sultán llegó al
mediodía del domingo; comió, descansó un poco y nuevamente salió caminando
entre los matorrales. Los dos hombres lo siguieron; con cuidado, paso a paso,
caminaron por el rastro que dejaba el perro, por un momento pensaron que lo
habían perdido. Habían caminado cerca de una hora y pararon porque no sabían
para dónde seguir. A lo lejos escucharon ladrar al animal.
―Ahí
está ―gritó Marcial― ¡corramos!
Siguieron los
ladridos de Sultán, se escuchaba el gruñir del perro, era un aullido
desesperado, que desgarraba su garganta, como si estuviera ahuyentando los
espantos de la lobreguez. Eran los ladridos de un perro salvaje, desconocido. Cuando
Sultán ladraba se escuchaba el aleteo de unos pájaros que desplegaban sus alas
rápidamente y volvían a aterrizar en otro lado; el perro continuaba ladrando,
descansaba por ratos, cogía fuerzas para volver con sus sonidos de angustia y
el aleteo de las aves también volvían a aparecer.
Cuando los hombres estuvieron cerca,
sintieron un hedor en el viento, se detuvieron para taparse con un trapo sus
narices; sintieron la cercanía del perro y la lucha que tenía con otros
animales; los separaba unos matorrales, un árbol de naranjas, grande, lleno de
frutos amarillos que se caían en busca de la muerte cuando maduraban, también
había un cerco de caña brava que tapaba la visión desde afuera del lugar.
Cuando
se acercaron, el olor fue mucho más fétido, una imagen violenta y pestilente de
la muerte apareció ante sus ojos; colgaba en el madero del naranjo un lazo, que
templaba sus hilachas, sujetando el cuello de un cadáver, era don Elso, estaba
ahorcado; su cuerpo se balanceaba en círculos, de un lado a otro, en un vaivén de
silencios, impulsado por los gallinazos que carroñaban la piel, mientras Sultán,
en su desespero, intentaba ahuyentar a las aves negras que se comían por
pedazos a su dueño.