Por
Jorge Mauricio Carmona Lopez
Desde hace muchos años vengo escuchando un programa llamado “Mi banda sonora” de Caracol radio. En este programa se invita a personajes importantes de la vida pública, ―actores, periodistas, músicos, humoristas, empresarios, etc.― gente que ha brillado con luz propia en el país. Durante un espacio de más de dos horas los sábados y domingos, cada invitado evoca los mejores recuerdos de su trayectoria a través de la música; el personaje debe elegir solamente 20 de las mejores canciones que ha escuchado en su vida, las que de alguna forma han acompañado los éxitos y las derrotas del camino. Se resume en 20 interpretaciones los recuerdos de la memoria, los más relevantes y significativos en la tarea de vivir. La entrevista muestra las bondades de la vida, las alegrías, tristezas y diferentes sucesos que cambian el destino de algún individuo. Faciolince (2006) dice, “nuestra felicidad está siempre en un equilibrio peligroso, inestable, a punto de resbalar por un precipicio de desolación” (p.147). Vivir implica, ―estando preparado o no― enfrentarse a la incertidumbre de los cambios, lo que implica un nuevo reto, una nueva oportunidad de volver a respirar y comenzar a cultivar un mejor camino.
Lo que hoy quiero escribir es un
fragmento de mi banda sonora, algunas canciones que han tenido un sentido de
vida a través de la sonoridad de los instrumentos que llevan un pueblo entero
en sus sonidos. Haciendo alusión al programa Mi banda sonora, daré forma mediante las letras a algunos de los
momentos grabados en los recuerdos de mi memoria junto a la música.
La primera canción que suena firme
en mis recuerdos, se llama “Venceremos” en
la interpretación del grupo chileno Inti-illimani,
esta canción que la agrupación chilena hizo en el año 1973, lleva un
mensaje de libertad y justicia; la vine a escuchar en los años noventa en un
casete de cinta, viejo pero majestuoso, que un gran amigo luego me pidió
prestado y nunca más me devolvió; se escuchaban frases de resistencia, “Venceremos, venceremos, mil cadenas habrá que
romper”, que yo todavía no entendía, en medio de una melodía que desafiaba
a los estados, un canto de rabia ante la represión de la dictadura de Pinochet.
Me llamaba mucho la atención el sonido de esas voces que susurraban un
pensamiento latinoamericano; me acercó directamente a la música, el charango,
la guitarra, y en especial las zampoñas[1],
que los Inti illimani[2]
interpretaban me hicieron rogar en la casa para que me compraran unas. A un
amigo en la primera comunión le regalaron un instrumento de viento llamado malta[3] él
me lo prestó y comenzó un largo trayecto en la interpretación de la música
andina latinoamericana. A mi amigo nunca le devolví el instrumento, le di un
buen uso.
En el transcurso de la vida uno va
escuchando toda clase de melodías, finalmente se elige un género del que nos
volvemos fanáticos, entonces se comienza a preferir las canciones que llenan
los sentimientos con emociones indescriptibles, sensaciones de alcanzar mundos
imaginarios posibles a través de los sonidos diáfanos que descargan todas las
canciones agrestes de las que nos enamoramos. Cuando tenía como 17 años,
escuché Mi valle del Cauca, del grupo
Niche, una hermosa canción que hace honores a esta maravillosa planicie en
donde he vivido los últimos 15 años, la forma como se nombra a todos los
municipios vallecaucanos es maravillosa, Jairo Varela (q.e.p.d.) mediante la
música va hilando cada pedazo de tierra en una sarta de sensaciones, hasta
descubrir en cada letra de su canción un departamento lleno de sorpresas; su
olor a café, ese aroma exquisito que
une al mundo en las mañanas y su sabor a dulce de caña, permiten que este lugar
no se olvide fácilmente. Así es la música, une los corazones cuando el ritmo de
una tonada llega hasta lo profundo del alma y despierta esos recuerdos
escondidos.
En el 2005, mi familia tuvo una gran
pérdida. Se fue para siempre uno de los pilares de nuestro hogar, mi tío
Alberto murió sin poder dedicarnos las últimas sonrisas que guardaba en su
corazón, en adelante nada volvería a ser igual. En todos los rincones de la
casa se ha notado su ausencia, el dolor infinito de su partida sembró cierta
desilusión a la que con el tiempo nos hemos acostumbrado, pero que nunca nadie
se resignará. En ese año, la agrupación del folklore chileno Inti illimani, hizo el lanzamiento de su
álbum Mi pequeño mundo, el día que
compré el disco, distribuido en Colombia por, escuché una y otra vez la canción
Porteña, la letra del maestro Daniel
Cantillana me transportaba a un reencuentro con mi tierra, la que había dejado
atrás para buscar mis estudios universitarios. En esa semana me llamaron de la
casa y me informaron que mi tío había fallecido; con él se fueron muchas
oportunidades de vida, viajó cansado de haber luchado contra una enfermedad
triste, como todas. Él, paso a paso comprendió que no había nada que hacer,
solamente ir muriendo de a pocos. Y cada que escucho las notas de esta canción
me acuerdo del 2005 como el año que todo cambio para siempre, y de largas
despedidas en terminales incansables.
En
el claro de la luna, del maestro Silvio
Rodríguez, me había graduado de la universidad, comencé a trabajar en el
año del 2006 como docente. En temporada de vacaciones viajaba a visitar a mi
familia y a mis amigos, en La Llanada Nariño, ahí formamos un grupo de amigos,
con quienes comenzamos a compartir ideas y pensamientos de izquierda anclados a
pasados gloriosos de Latinoamérica, el “Che” Guevara, José Martí, Retamar,
Pablo Neruda, Quilapayún, León Gieco, artistas vinculados con los procesos
revolucionarios vividos en los países vecinos, eran los intelectuales que
admirábamos y queríamos tener de cerca, gente que ha proclamado libertad
incluso desde su exilio.
Para
el bicentenario del vecino país del Ecuador, Silvio Rodríguez ofreció un
recital gratuito para celebrar la fiesta patria, el cubano se iba a presentar
en el estadio Modelo Alberto Spencer, en la ciudad de Guayaquil. Para ese
concierto reunimos algo de dinero y con unos amigos viajamos rumbo al evento
que reunió a más de cuarenta mil personas, de distintos lugares de
Latinoamérica, claramente su mayoría ecuatorianos. El recital duró más de tres
horas. La sensación de amistad, hermandad, patria, unión y fraternidad que se
vivió en ese recinto es algo digno de recordar. Buenos amigos he tenido, la
vida me ha dado la oportunidad de conocer a muchas personas que dedican el
tiempo necesario para escuchar o hacer música, teniendo la capacidad y la
sensibilidad necesaria en sus sentidos para descubrir la naturaleza que habita
en cada melodía. Solo la gente que está dispuesta durante horas a escuchar una
cantata sin parpadear y acelerando su corazón sabe de la importancia de la
música en la humanidad. Silvio Rodríguez, comenzó su recital con la canción en
el claro de la luna, la felicidad de la noche estaba garantizada por la actitud
del artista y la disposición del público. Un viaje inolvidable, la playa, el
buen licor, la buena música y los inagotables amigos.
Voy
pensando en que escribir mientras escucho las canciones, y llego a esta bonita
canción de Noel Nicola, Ámame así como
soy. En el 2010 esta interpretación se volvió fundamental, algo así como un
soporte en el camino… conocí a una gran persona que me ha permitido aprender de
ella y saber las bondades de la buena compañía. Aunque el tiempo y las
circunstancias son difíciles, hemos seguido acertando en cada letra plasmada en
la melodía de Nicola; revalidando en el amor la nostalgia de las separaciones,
la tristeza de los vacíos y la valentía de los seres humanos que creen en la
dignidad, el respeto, la comprensión y los valores que hacen la diferencia
entre los ciudadanos.
Cierro
los ojos y recuerdo la imagen intacta, ―esa que ha permanecido sin moverse
desde el año 2011― en una sala de velación improvisada mucha gente acompaña un
dolor que se había prolongado durante varios días, el último tramo de angustia
espera su recorrido. La tradición dice: sacar el féretro de la casa, alzar al
hombro los recuerdos inmóviles en un cajón de madera, un corto desfile hasta la
iglesia, una ceremonia de despedida y una última peregrinación hasta el
cementerio para llorar el entierro y despedir para siempre a un ser querido. El
recuerdo se afirma cuando escuchó Las
acacias, la canción que inmortalizó Garzón
y Collazos; la nostalgia de un momento trascendental en mi vida, se iba la
señora abuela que me había dado todo su ser para que viviera tranquilo en esta
vida, enseñándome tantos valores para enfrentarme al destino; mientras mi madre
y mis tíos lloraban, yo me mantenía en silencio aferrado al ataúd, tocando el
madero ardiente que brillaba reluciente ante la muerte, mientras que en el
último rincón de la casa, sonaban Las
acacias, las voces del trío del maestro Omar Meneses partían el resto de
alma que nos quedaba, “se cerraron para
siempre sus ventanas”, decían las
voces de la agrupación, y el dolor se prolongaba por las venas como gasolina
por las llamas, nos sacudió los sentidos y nos dejó una herida profunda que
cicatriza con los días, pero que jamás se borrará.
Y
para no alargar más mi banda sonora, que seguramente como la de todos, puede
durar mucho tiempo, termino con dos canciones, la primera una interpretación de
julio un indígena Cofán, que conocí en el 2014, en el bajo Putumayo, en una
noche de ceremonia con los mayores de la comunidad, interpretó una hermosa
melodía en lengua a’ingae, acompañado de su guitarra y en un ritmo llanero, no
está en youtube, ni en ningún portal, pero que melodía tan importante, esa
canción que está viva en mis recuerdos, porque permitió el encuentro con una
comunidad nativa, a la que respeto y apoyo con total gratitud. Los cofanes
hacen parte de mi vida, me han permitido evolucionar como persona.
Ya
estos últimos tiempos los sonidos se han alterado en el gusto musical, después
de largos años escuchando músicas del mundo, he tenido la oportunidad, gracias
a la tecnología, de acercarme a los sonidos profundos y confusos de la música
árabe, el maestro tunecino Anouar Brahem, un versado del laud árabe, combina
sus tradiciones culturales con el jazz; este importante personaje del mundo
musical se ha presentado en diversos escenarios del mundo, promoviendo algo
valioso en cada rincón del planeta, el respeto por la diversidad y por los
saberes de cada cultura, algo que deberíamos practicar todos, para comenzar
desde nuestra propia valía a tolerar los espacios y contextos que son
diferentes o diversos a los nuestros. Cuando aprendamos a valorar cada uno al
otro, diremos que hemos evolucionado como seres humanos, de lo contrario
seguiremos ahogándonos en los egoísmos multicolores en que vivimos
sumergidos. Qaws, una hermosa tonada interpretada por Anouar Brahem trio, quienes mediante los sonidos del desierto dejan
percibir un diálogo distante entre las arenas del oriente y los vientos que
llevan el polvo a la fecundidad de la selva. Cada sonido me dice el acierto en
las notas, la elegancia de las posiciones de las manos y las sensaciones de
satisfacción que siente el músico en su interpretación.
Mientras
cierro los ojos y me dejo llevar por todos los sonidos, seguiré afirmando que
la música es el motor del mundo.
Referencias
Abad Faciolince, Héctor (2006). El olvido que seremos. España: grupo planeta.
[1] La zampoña es un instrumento de viento compuesto de varios tubos ahuecados por
un extremo y cerrados por el otro, dispuestos en forma vertical en una o dos
hileras, todos de distintas longitudes y diámetros,
lo que determina el sonido de cada uno al ser soplado por el ejecutor.
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