Por: Jorge Mauricio
Carmona López
Mi
profesor de literatura Hernando Urriago, ciclista de travesías largas, me dijo: “después de que uno se sube en una
cicla, no se quiere bajar jamás”.
Compré
una cicla por una razón, necesitaba urgentemente volver a realizar actividad
física, el sedentarismo se estaba apoderando de mi rutina. Pensando en esta
necesidad comencé a recorrer las calles de Cali en medio del tráfico, a manejar
entre la jauría andante en que se convierte la manada de carros que transitan
por las vías inmensas de la ciudad.
Al comienzo, alcanzar ciertas
distancias (para mi extensas) era una proeza, sin embargo, poco a poco fui
ampliando mi horizonte en cada pedalazo y comencé a ver lo lejos que está un
ciclista del límite; salir de la ciudad hacia rumbos desconocidos significaba
para mí la verdadera experiencia de montar cicla.
Llegué a Cali hace 15 años, y después de
tanto tiempo conociendo el Valle del Cauca, no había disfrutado tanto esta
tierra maravillosa como en este último año. He subido la montaña “de este
extenso plan” como si fuera la última vez, cada que llego con mi cicla a la
cima, he dejado atrás incontables metros de paisaje, parajes que en ningún otro
transporte se me hubiera ocurrido visitar, he descubierto la humildad de la
carretera, la amabilidad del campo, la tranquilidad del verde extenso de los
árboles, el eterno respiro de la cascada cuando cae angustiada a su muerte,
luego renace impredecible convertida en ríos de vida; el polvo, las piedras, el
barro, la inquietante sensación de miedo ante la mirada furibunda de los
perros, ellos le ladran al caucho que rueda y que les quita su tranquilidad. La
notable sonrisa de los niños cuando saludan al desconocido que se esfuerza para
llegar a la meta en su máquina de aluminio; el olor del campo, esa fragancia que
se extiende entre la cordillera y busca que la montaña no sea contaminada por
los gases del mundo.
Encontré montado mi bicicleta: la buena
gente, la humildad de quien madruga a caminar sus laderas, ellos comparten la
travesía sin afanes, no le tiran al ciclista el ganado o la recua que llevan,
comparten el camino con el peregrino viajero, saben que nadie hace daño si va
en dos ruedas. Encontré un paraíso, cada metro que avanzo, llena de alegría mi
vida; las cosas simples dan más felicidad que las complejas propuestas de las
metrópolis. Encontré en mi cicla la compañía del mundo.
He tenido la valiosa oportunidad de conocer
la amistad en torno a una afición, amigos de un día, que nunca más he vuelto a
ver, pero que me han dejado de regalo una nueva ruta para seguir. Encontré los
modos para lidiar con el sufrimiento físico, no lo he vencido, porque cada
salida vuelve a parecer un nuevo comienzo; después de terminar una cumbre levanto
la mirada y el camino, solo muestra una nueva trocha hacia el cielo, más
empinada que la anterior, he tenido la tentación de regresar, de recoger la
huella y olvidarme de la agonía en cada paso que se da sobre los pedales, pero
el sortilegio de cada lugar, la convicción de alcanzar la meta y el pánico a
regresar sin haber cumplido, me dan un último impulso para llegar.
La bicicleta se ha convertido en este
último año en el mejor de los transportes, independientemente a donde vaya, el
lugar siempre será cercano y lleno de incertidumbres.
Una buena mirada a la vida en dos ruedas. Chévere.
ResponderEliminarUna buena mirada a la vida en dos ruedas. Chévere.
ResponderEliminarGracias, Diego, un honor para mí.
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