viernes, 14 de agosto de 2015

La poesía, no solo un mundo de palabras, también un sinnúmero de imágenes.

Por Jorge Mauricio Carmona

En clase de tendencias poéticas de la maestría de literaturas, en la universidad del Valle, con el profesor Julian Malatesta, surgió una discusión sobre lo que debía tener un poema para ser bueno, el profesor comentaba que se llevó varias horas pensando en la respuesta, sin encontrar un resultado favorable para ello.  

            La poesía creo, sin ser experto, es un universo inagotable de emociones. En las líneas de cada verso, se van acomodando una a una, palabra por palabra las imágenes más artísticas que el lente fotográfico de un ojo humano, como decía Umberto Eco, puede retener; son muchas las sensaciones que un poema deja a través de su lectura. Tanto el que escribe como el lector, encuentran en este mundo la oportunidad perfecta para relatar, con las palabras apropiadas, alguna de las muchas sensaciones que encarna el ser humano.
Ahora bien, la poesía debe estar escrita para poder ser leída y transportar al lector a otros planos imaginarios, es ahí, en ese mundo de las letras donde se han dado los versos más acertados que pudieron crear los poetas, nombrarlos quizás sea herir la susceptibilidad de muchos, solo quiero leer un verso que ha llenado mi vida de sensaciones y compartir un par de apreciaciones sobre el tema.

Este verde poema, hoja por hoja,
lo mece un viento fértil, suroeste;
este poema es un país que sueña,
nube de luz y brisa de hojas verdes
Aurelio Arturo.

Estas frases que hacen parte del poema Clima, del nariñense Aurelio Arturo, el poeta más importante que ha tenido Colombia en el siglo XX, me han permitido encontrar la oportunidad de volver a mi tierra cada vez que me encuentro perdido en la fatigada sensación de olvido, palabras que guardan en su sonoridad un escondido mensaje; esas palabras no sé qué causaron en mi memoria, cuando las leo vuelvo a caminar las calles de mi pueblo, y en su cadencioso silencio aparecen las poéticas imágenes que me traen todos esos recónditos lugares, esos incontables mundos de fantasía natural, con sus raíces y colores dignos de un poema de Aurelio Arturo, paisajes rurales acompañados de una población campesina, trabajadora de la tierra, mineros incansables, que le entregan todo su corazón al forastero amigo que llega.


Así es la gente de La Llanada, todo un poema que espera ser leído y recordado a través de las imágenes inagotables de la cordillera, que con su tufarada de viento sacude las montañas que cubren como un manto el rincón dorado. Como diría el poeta nariñense, el verde es de todos los colores, en La Llanada el verde también es de muchos colores.

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