Por Jorge Mauricio
Carmona
En clase
de tendencias poéticas de la maestría de literaturas, en la universidad del
Valle, con el profesor Julian Malatesta, surgió una discusión sobre lo que
debía tener un poema para ser bueno, el profesor comentaba que se llevó varias horas
pensando en la respuesta, sin encontrar un resultado favorable para ello.
La poesía creo, sin ser experto, es
un universo inagotable de emociones. En las líneas de cada verso, se van
acomodando una a una, palabra por palabra las imágenes más artísticas que el
lente fotográfico de un ojo humano, como decía Umberto Eco, puede retener; son
muchas las sensaciones que un poema deja a través de su lectura. Tanto el que
escribe como el lector, encuentran en este mundo la oportunidad perfecta para
relatar, con las palabras apropiadas, alguna de las muchas sensaciones que
encarna el ser humano.
Ahora bien, la poesía debe estar escrita
para poder ser leída y transportar al lector a otros planos imaginarios, es
ahí, en ese mundo de las letras donde se han dado los versos más acertados que
pudieron crear los poetas, nombrarlos quizás sea herir la susceptibilidad de
muchos, solo quiero leer un verso que ha llenado mi vida de sensaciones y
compartir un par de apreciaciones sobre el tema.
Este verde poema, hoja por hoja,
lo mece un viento fértil, suroeste;
este poema es un país que sueña,
nube de luz y brisa de hojas verdes
Aurelio Arturo.
Estas frases que
hacen parte del poema Clima, del nariñense Aurelio Arturo, el poeta más
importante que ha tenido Colombia en el siglo XX, me han permitido encontrar la oportunidad de
volver a mi tierra cada vez que me encuentro perdido en la fatigada sensación
de olvido, palabras que guardan en su sonoridad un escondido mensaje; esas
palabras no sé qué causaron en mi memoria, cuando las leo vuelvo a caminar las
calles de mi pueblo, y en su cadencioso silencio aparecen las poéticas imágenes
que me traen todos esos recónditos lugares, esos incontables mundos de fantasía
natural, con sus raíces y colores dignos de un poema de Aurelio Arturo, paisajes
rurales acompañados de una población campesina, trabajadora de la tierra,
mineros incansables, que le entregan todo su corazón al forastero amigo que
llega.
Así es la gente de La Llanada, todo un
poema que espera ser leído y recordado a través de las imágenes inagotables de
la cordillera, que con su tufarada de viento sacude las montañas que cubren
como un manto el rincón dorado. Como diría el poeta nariñense, el verde es de
todos los colores, en La Llanada el verde también es de muchos colores.
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