miércoles, 19 de agosto de 2015

La música, un puente de sensaciones entre la creatividad y la esperanza

Si damos un repaso a la historia, ésta nos dirá que hemos sido un pueblo lleno de melodías, músicos, serenatas y festejos.

Sin embargo, el tiempo ha pasado fugazmente sin hacer pausas ni mediar entre los pobladores, simplemente ha pasado y se ha sumergido entre la rabia de la noche ―que intenta detener el tiempo para contemplar sus estrellas― y ha seguido poblando de sonidos las esquinas de cada cuadra.
            Si bien la música es una expresión artística que se alimenta de extrañas sensaciones, no debemos afirmar, por el simple hecho del gusto, que una música es mejor que otra, ―llamando música a los estereotipos que han escrito un hito en la vida, no a las vulgares imitaciones de prosa y ritmo, que lo único que dejan al descubierto es lo prostituida que está parte de nuestra sociedad― por el contrario, cada cultura deja influenciar sus ritmos ancestrales, por nuevas propuestas, que elevan la complejidad de cada compás hasta lograr conjugaciones magnificas en sus tonadas.
Cuando escuchamos las historia que cuentan los mayores (abuelos, padres, tíos, vecinos) siempre hacen reminiscencia de aquellos virtuosos músicos de antaño que tocaban hasta el amanecer sus melodías, al sonar de la guitarra, el acordeón, la dulzaina, el bandolín entre otros instrumentos de corte universal, que en medio de la pobreza de los campesinos, sonaban afinados los ritmos del canto humilde del trabajador, ―la música siempre ha fortalecido la esperanza del obrero y el esclavo, pues al ritmo de las tradiciones, se han forjado innumerables empresas― quizás por eso el maestro Alejo Carpentier, que además de ser un increíble novelista era un excelente músico, le dio vida en su obra Concierto Barroco a Filomeno, un negro esclavo, comprado por un nuevo patrón solo porque tocaba la guitarra; y es llevado a Europa donde afloran sus dotes musicales. Así suenan los relatos de otros tiempos, reflejan ideales sólidos de hermandad, nostalgia y se reinventa en cada sonata que las manos obreras interpretan.
            Hay una fotografía de cuatro músicos llanadienses, en blanco y negro, nadie sabe o por lo menos nadie afirma quienes son, llevan sombrero, saco, camisa, pantalón de tela, se ven muy serios, acompañados de guitarras y un violín. Cuando uno mira esa fotografía, escucha lejanamente algunos sonidos efímeros de su música, ellos son el pasado natural de una herencia musical que fue cobijando el tiempo con sus refinadas melodías. Al hacer memoria, muchas generaciones deben recordar con agrado que tenemos un pasado artístico vigente, un sueño colectivo que forjaron artistas como don Artemio, don Lizardo, don Omar Meneses, quienes con su estilo campesino y tradicional han amenizado innumerables encuentros, festivos o fúnebres; la tradición les enseñó a ellos que la música traspasa la barrera del dolor y acompaña a la muerte en su caminar. Aunque lejos pero en un pasado cercano, el folklore también hizo trinar sus guitarras y charangos en medio de las montañas del sur, unos aires nostálgicos que llegaron de tierras extranjeras, hombres de montaña, campesinos que sembraron en la tradición una huella imborrable. Lucho Vallejo con su sobrino Plinio (q.e.p.d.) sembraron una costumbre que sin muchos aficionados perdura en el corazón romántico de unos cuantos.
            La banda municipal 7 de septiembre, fue la encargada de seguir cultivando la camada de músicos que deslumbraron por su talento, el maestro Cristian Vallejo, un día sonreía tocando tambor, al otro día susurraba una trompeta que encarnaba la melodía pura de sus raíces. Y de allí salió luego otro grupo de músicos alternativos que han reencarnado los viejos recuerdos del rock y en sus gargantas se escuchan las voces de Bumbury, Cobain, Hetfield, Mercury entre otros, acompañadas con la fuerza natural de sus guitarras para decirle al mundo que mientras exista un instrumento musical, los fusiles no podrán callar la esperanza.
            Ante todo, mientras los jóvenes sigan alimentando su cultura con la música, tendrán un pretexto para alejarse del conflicto, las drogas y la desesperanza. Y volverán a confiar en los lejanos recuerdos de una tierra tranquila, asumir su deber ciudadano para construir una Llanada mejor. 

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