Si damos un repaso a la historia, ésta nos dirá que
hemos sido un pueblo lleno de melodías, músicos, serenatas y festejos.
Sin
embargo, el tiempo ha pasado fugazmente sin hacer pausas ni mediar entre los
pobladores, simplemente ha pasado y se ha sumergido entre la rabia de la noche
―que intenta detener el tiempo para contemplar sus estrellas― y ha seguido
poblando de sonidos las esquinas de cada cuadra.
Si bien la música es una expresión
artística que se alimenta de extrañas sensaciones, no debemos afirmar, por el
simple hecho del gusto, que una música es mejor que otra, ―llamando música a
los estereotipos que han escrito un hito en la vida, no a las vulgares
imitaciones de prosa y ritmo, que lo único que dejan al descubierto es lo
prostituida que está parte de nuestra sociedad― por el contrario, cada cultura
deja influenciar sus ritmos ancestrales, por nuevas propuestas, que elevan la
complejidad de cada compás hasta lograr conjugaciones magnificas en sus
tonadas.
Cuando
escuchamos las historia que cuentan los mayores (abuelos, padres, tíos,
vecinos) siempre hacen reminiscencia de aquellos virtuosos músicos de antaño
que tocaban hasta el amanecer sus melodías, al sonar de la guitarra, el
acordeón, la dulzaina, el bandolín entre otros instrumentos de corte universal, que en medio de la pobreza de los campesinos, sonaban afinados los ritmos del
canto humilde del trabajador, ―la música siempre ha fortalecido la esperanza
del obrero y el esclavo, pues al ritmo de las tradiciones, se han forjado
innumerables empresas― quizás por eso el maestro Alejo Carpentier, que además
de ser un increíble novelista era un excelente músico, le dio vida en su obra
Concierto Barroco a Filomeno, un negro esclavo, comprado por un
nuevo patrón solo porque tocaba la guitarra; y es llevado a Europa donde
afloran sus dotes musicales. Así suenan los relatos de otros tiempos, reflejan
ideales sólidos de hermandad, nostalgia y se reinventa en cada sonata que las
manos obreras interpretan.
Hay una fotografía de cuatro músicos
llanadienses, en blanco y negro, nadie sabe o por lo menos nadie afirma quienes
son, llevan sombrero, saco, camisa, pantalón de tela, se ven muy serios,
acompañados de guitarras y un violín. Cuando uno mira esa fotografía, escucha
lejanamente algunos sonidos efímeros de su música, ellos son el pasado natural
de una herencia musical que fue cobijando el tiempo con sus refinadas melodías.
Al hacer memoria, muchas generaciones deben recordar con agrado que tenemos un
pasado artístico vigente, un sueño colectivo que forjaron artistas como don
Artemio, don Lizardo, don Omar Meneses, quienes con su estilo campesino y
tradicional han amenizado innumerables encuentros, festivos o fúnebres; la
tradición les enseñó a ellos que la música traspasa la barrera del dolor y
acompaña a la muerte en su caminar. Aunque lejos pero en un pasado cercano, el
folklore también hizo trinar sus guitarras y charangos en medio de las montañas
del sur, unos aires nostálgicos que llegaron de tierras extranjeras, hombres de
montaña, campesinos que sembraron en la tradición una huella imborrable. Lucho Vallejo con su sobrino Plinio (q.e.p.d.) sembraron una costumbre que sin muchos
aficionados perdura en el corazón romántico de unos cuantos.
La banda municipal 7 de septiembre,
fue la encargada de seguir cultivando la camada de músicos que deslumbraron por
su talento, el maestro Cristian Vallejo, un día sonreía tocando tambor, al otro
día susurraba una trompeta que encarnaba la melodía pura de sus raíces. Y de
allí salió luego otro grupo de músicos alternativos que han reencarnado los
viejos recuerdos del rock y en sus gargantas se escuchan las voces de Bumbury,
Cobain, Hetfield, Mercury entre otros, acompañadas con la fuerza natural de sus
guitarras para decirle al mundo que mientras exista un instrumento musical, los
fusiles no podrán callar la esperanza.
Ante todo, mientras los jóvenes
sigan alimentando su cultura con la música, tendrán un pretexto para alejarse
del conflicto, las drogas y la desesperanza. Y volverán a confiar en los
lejanos recuerdos de una tierra tranquila, asumir su deber ciudadano para
construir una Llanada mejor.
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